Toda relación conyugal, por muy sólida que parezca, atraviesa momentos de prueba: diferencias que parecen irreconciliables, heridas que duelen más porque vienen del ser amado, silencios que enfrían el alma, incertidumbres económicas, enfermedades, crisis de fe. Es precisamente en esos momentos cuando es más necesario volver a decir juntos otra vez: “En Dios ponemos nuestra confianza”.
“Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas” (Proverbios 3, 5-6).
La confianza en Dios no borra mágicamente los problemas, pero da una nueva luz para enfrentarlos. Ayuda a mirar al cónyuge de otra manera, ya no como enemigo, sino ahora como compañero de camino que también sufre y necesita ser comprendido.
La confianza en Dios hace posible pedir perdón y perdonar, incluso cuando el orgullo grita lo contrario. Nos da humildad para reconocer nuestras fallas y esperanza para reconstruir lo que parecía perdido.
“Sopórtense mutuamente y perdónense cuando alguno tenga quejas contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes” (Colosenses 3, 13).
Un matrimonio que confía en Dios sabe que no está solo, sabe que no se trata sólo de dos voluntades humanas que se esfuerzan por sostenerse,
Un matrimonio que confía en Dios sabe que se trata de una alianza de tres: el esposo, la esposa… y Dios en el centro. Es Él quien renueva las fuerzas cuando se agotan, quien enseña a amar en la verdad y quien da sentido al sufrimiento compartido.
“Cordón de tres hilos no se rompe fácilmente” (Eclesiastés 4, 12).
Confiar en Dios como pareja es también aprender a orar juntos, a poner en manos del Señor lo que nos duele, lo que no entendemos, lo que quisiéramos cambiar. Es dejar que la gracia toque lo que parece imposible y transforme poco a poco el corazón de cada uno.
“No se angustien por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios… cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4, 6-7).
En medio de las luchas cotidianas, esta confianza nos invita a no rendirnos, a recordar por qué nos elegimos, a cuidar el amor como se cuida un fuego frágil pero poderoso. Porque cuando un matrimonio se sostiene en Dios, puede atravesar cualquier prueba y salir fortalecido.
“El amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13, 7-8).
Poner nuestra confianza en Dios como esposos es elegir amar con fe, con esperanza, con la certeza de que, aunque el camino sea difícil, no lo caminamos solos. Él está con nosotros.