Una reflexión necesaria sobre inteligencia, prosperidad y virtud en el discipulado cristiano.
En las últimas décadas, una parte significativa del cristianismo evangélico ha aprendido a hablar de Dios en el lenguaje del éxito. La bendición se expresa con frecuencia en términos de crecimiento, prosperidad, impacto visible y resultados medibles. No es difícil entender por qué: vivimos en una cultura que valora lo cuantificable y que asocia automáticamente el avance con la aprobación.
Sin embargo, esta manera de traducir el evangelio a categorías contemporáneas ha tenido un efecto secundario poco discutido: la formación del carácter —el cultivo de las virtudes— ha quedado relegada, casi como un asunto menor frente a la urgencia de producir frutos visibles.
No se trata de contraponer prosperidad con fe, ni de negar que Dios bendice con bienes. La pregunta es otra, más incómoda y más profunda:
¿hemos confundido el éxito con la madurez espiritual?
Inteligencia, capacidad y una confusión moderna
Investigaciones recientes, recopiladas y divulgadas por el psicólogo estadounidense Rob Henderson, han puesto sobre la mesa un dato que contradice una intuición muy extendida: la inteligencia, entendida como capacidad cognitiva general, no es una variable moral ni una garantía de virtud. Además, la inteligencia es relativamente estable; no puede moldearse a voluntad ni convertirse, por sí sola, en fuente de bondad o sabiduría.
Esta constatación resulta provocadora en una cultura —también eclesial— que suele asociar capacidad, elocuencia, estrategia o liderazgo con profundidad espiritual. Como ha señalado el periodista Alejandro Bermúdez, al divulgar estas investigaciones, tendemos a suponer que la inteligencia nos hace mejores personas, más justas o incluso más piadosas. Los datos, sin embargo, no sostienen esa idea.
Lo que sí transforma la vida personal, comunitaria y social son las virtudes: hábitos aprendidos, entrenables y observables, como la responsabilidad, la cortesía, la puntualidad, el respeto y la amabilidad. Virtudes sencillas, poco espectaculares, pero profundamente humanas.
Virtudes que “parecen” inteligencia
Curiosamente, muchas de estas virtudes son percibidas socialmente como inteligencia. No porque lo sean en sentido técnico, sino porque generan confianza. Una persona atenta al entorno, capaz de anticipar necesidades de los otros, de respetar el tiempo de los demás, de cuidar al otro en pequeños detalles, suele ser considerada “inteligente”, aunque su coeficiente intelectual sea irrelevante.
Este punto conecta de manera natural con el evangelio. Jesús no formó a sus discípulos para destacar intelectualmente, sino para ver: ver al necesitado, al cansado, al marginado, al herido en el camino. La parábola del buen samaritano no exalta la lucidez teológica, sino la capacidad de detenerse, observar y actuar en favor del prójimo.
Podríamos decirlo así:
la conciencia del entorno es una forma concreta de amor.
Pablo: conocimiento sin amor no edifica
El apóstol Pablo fue especialmente claro en este punto. En un pasaje que los cristianos conocemos bien, pero que quizá hemos domesticado demasiado, escribe:
“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena…
Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia… y no tengo amor, nada soy” (1 Corintios 13).
Pablo no desprecia el conocimiento ni los dones. Los relativiza. El problema no es tener capacidades, sino absolutizarlas. Cuando el conocimiento no se traduce en virtud, no construye comunidad; produce ruido.
En otra carta, el apóstol insiste en que la vida cristiana no se define por lo que sabemos, sino por lo que practicamos: paciencia, benignidad, dominio propio, mansedumbre. El famoso “fruto del Espíritu” no describe talentos, sino carácter.
Jesús y el criterio final
En los evangelios, el criterio último no es la inteligencia ni el éxito ministerial. En Mateo 25, el juicio no se formula en términos de impacto, estrategia o resultados visibles, sino de acciones concretas: dar de comer, vestir, visitar, acompañar.
Nada de eso requiere genialidad. Requiere atención, disposición y virtud.
Jesús nunca prometió que sus seguidores serían más brillantes que los demás, pero sí que serían reconocidos por su manera de amar. Y ese amor no es abstracto ni declamativo; es cotidiano, corporal, situado.
Una advertencia pastoral necesaria
Quizá aquí conviene decirlo con cuidado, pero también con honestidad: la iglesia no puede perder credibilidad por falta de inteligencia bíblica, sino por déficit de virtud cotidiana. Podemos perder credibilidad no porque no sepamos qué dice el evangelio, sino porque a veces no lo encarnamos en los pequeños detalles.
En un contexto donde la prosperidad se ha convertido en lenguaje privilegiado de Dios, vale la pena recuperar una verdad antigua y siempre actual: el evangelio no se mide en resultados, sino en carácter.
La buena noticia es que, a diferencia de la inteligencia, las virtudes sí pueden aprenderse, entrenarse y fortalecerse. Están al alcance de todos. No dependen del talento, sino de la decisión diaria de vivir de cara al otro.
Y quizá —solo quizá— ese sea uno de los testimonios más urgentes que el cristianismo evangélico necesita ofrecer hoy.