Contexto
En muchos espacios cristianos se ha normalizado la práctica de “momentos proféticos”, en los que una persona —identificada como profeta— anuncia con certeza lo que supuestamente sucederá en la vida de otra: decisiones, acontecimientos, éxitos o fracasos que se presentan como ya determinados por Dios.
Aquí no pretendemos desacreditar experiencias espirituales sinceras ni cuestionar la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Nuestro propósito es otro: recuperar el sentido bíblico y teológico de la profecía, tal como aparece en la Escritura y como ha sido comprendido por la teología cristiana seria —incluida la teología evangélica académica— a lo largo del tiempo.
Lo que aquí se propone no es una versión más de la profecía, sino una lectura fundada en el testimonio bíblico, que afirma con claridad que la profecía no consiste en imponer destinos ni en anular la libertad humana, sino en discernir la voluntad de Dios en el presente, edificar a la comunidad y orientar hacia el Reino.
Esta comprensión no es marginal ni novedosa: es ampliamente compartida por biblistas y teólogos evangélicos reconocidos, y está en profunda continuidad con la enseñanza apostólica.
En un contexto donde la palabra “profecía” corre el riesgo de confundirse con adivinación religiosa o con determinismo espiritual, resulta necesario volver a las fuentes. No para apagar el Espíritu, sino para discernirlo mejor. No para debilitar la fe, sino para madurarla. No para controlar conciencias, sino para liberar a los creyentes a vivir su fe con responsabilidad, libertad y esperanza.
El libre albedrío
La Biblia no presenta a Dios como autor de destinos rígidos. El hilo conductor de la revelación es la libertad humana como condición fundamental de la alianza. Desde la decisión de Adán, pasando por las decisiones del pueblo en el desierto, hasta la invitación constante de Jesús a convertirse, creer y seguirlo, encontramos un Dios que propone caminos, pero no impone un porvenir cerrado.
Si hubiera un destino predeterminado, la llamada a la conversión perdería sentido. El joven rico, por ejemplo, recibe una invitación real, no un decreto inevitable (Mt 19,16-22). Nicodemo es invitado a nacer de nuevo, pero es él quien debe decidir (Jn 3,1-10). Dios llama; el hombre responde.
Desde esta comprensión, la profecía en la Biblia no es un acto de adivinación. Los profetas no leen un futuro escrito de antemano; leen el presente con los ojos de Dios. Walter Brueggemann, uno de los biblistas evangélicos más influyentes, afirma que la función profética es “romper la conciencia dominante” y abrir a la comunidad a la posibilidad de un futuro distinto nacido de la fidelidad a Dios¹. La profecía, por tanto, no describe lo inevitable: libera la imaginación de lo posible, confronta la injusticia y señala caminos de vida.
La profecía como interpretación del presente
Cuando Isaías anuncia el exilio o la restauración, no realiza predicciones mágicas; interpreta el deterioro espiritual del pueblo y muestra, desde esa lectura, las consecuencias naturales de la infidelidad o de la conversión.
La profecía es, así, una lectura espiritual del presente, no un mapa cerrado del futuro. Esta visión es compartida por Gordon Fee, biblista pentecostal ampliamente respetado, quien enseña que la profecía del Nuevo Testamento “edifica, exhorta y consuela” (1 Co 14,3) y que su finalidad no es anticipar eventos, sino orientar a la comunidad hacia la voluntad de Dios².
El apóstol Pablo afirma que la profecía es un carisma espiritual, pero siempre subordinado al discernimiento comunitario (1 Co 14,29). No se trata de una voz que sustituya la libertad ni de un mensaje que encadene el porvenir, sino de una palabra que ilumina, corrige y anima.
Wayne Grudem, teólogo evangélico reformado, aclara que la profecía cristiana “no es infalible ni autoritativa como la Escritura, sino una percepción espiritual que debe probarse y discernirse”³. Con esto subraya que la profecía no impone un destino, sino que ayuda a reconocer lo que Dios está haciendo en medio de su pueblo.
La libertad humana
¿Cómo distinguir entonces una palabra verdaderamente inspirada de un presentimiento humano? Los biblistas evangélicos coinciden en criterios sólidos: conformidad con el Evangelio, edificación de la comunidad y humildad del mensajero.
Christopher Wright explica que el profeta bíblico no es un visionario del futuro, sino quien revela el carácter de Dios y llama al pueblo a vivir conforme a Él⁴. La profecía nace de una vida arraigada en la oración, abierta al Espíritu y comprometida con la justicia. Por eso una profecía auténtica nunca anula la libertad. Llama, interpela, invita, pero no decreta destinos.
La profecía no es percepción humana
Esta comprensión, además de bíblica, es pastoralmente liberadora. Evita el peligro de confundir intuiciones psicológicas, tendencias estadísticas o proyecciones personales con revelación divina.
Craig Keener, otro de los biblistas evangélicos más reconocidos, señala que la experiencia espiritual debe someterse siempre a la razón, la Escritura y la libertad humana⁵. De lo contrario, corremos el riesgo de espiritualizar lo que no es más que percepción subjetiva.
Quién es un profeta
En consecuencia, la figura bíblica del profeta es mucho más rica que la caricatura del “vidente espiritual” popularizada en algunos ambientes. El profeta auténtico es testigo del Reino, no adivinador del porvenir. Es quien vive tan cerca de Dios que su palabra ayuda a reconocer los caminos de vida que Él ofrece y las desviaciones que destruyen la comunión. Es quien denuncia lo que contradice la justicia y anuncia lo que promueve la vida. El profeta no predice el futuro: lo provoca, invitando a una respuesta libre y responsable ante la llamada de Dios.
Por eso, toda auténtica profecía es profundamente evangelizadora. Nos conduce a Cristo, Palabra viva del Padre, en quien se revela plenamente la voluntad de Dios. Él no vino a determinar destinos, sino a abrir caminos. No vino a encadenar la libertad, sino a liberarla. No vino a anticipar lo inevitable, sino a ofrecer la posibilidad real de una vida nueva. Acoger su llamada es entrar en un camino donde la historia ya no se experimenta como fatalismo religioso, sino como oportunidad para que el Reino de Dios se haga presente en nuestra vida y en la vida del mundo.
Referencias:
1. Walter Brueggemann, The Prophetic Imagination, Fortress Press, 1978.
2. Gordon Fee, Paul, the Spirit, and the People of God, Baker Academic, 1994.
3. Wayne Grudem, The Gift of Prophecy in the New Testament and Today, Crossway, 1988.
4. Christopher J. H. Wright, The Mission of God, IVP Academic, 2006.
5. Craig Keener, Spirit Hermeneutics: Reading Scripture in Light of Pentecost, Eerdmans, 2016.