InicioTeología Pastoral y EclesiologíaAnunciar y denunciar: la verdadera misión del profeta bíblico

Anunciar y denunciar: la verdadera misión del profeta bíblico

Una vez aclarado que la profecía bíblica no consiste en adivinar el futuro ni en revelar destinos previamente fijados por Dios, surge una pregunta decisiva: entonces, ¿para qué existe el profeta?

La Escritura responde con sorprendente claridad y coherencia: el profeta es llamado para anunciar el Reino de Dios y denunciar todo aquello que se opone a su voluntad. Estos dos movimientos —anuncio y denuncia— no son rasgos accesorios, sino el corazón mismo del profetismo bíblico.

Desde los primeros libros del Antiguo Testamento hasta la predicación de Jesús, la figura del profeta aparece siempre ligada a la Palabra de Dios y a la historia concreta del pueblo. El profeta no habla desde el aislamiento espiritual ni desde una supuesta superioridad moral. Habla desde una vocación que lo inserta en los conflictos reales de su tiempo y de su tierra. Su palabra nace del encuentro con Dios y se dirige a una comunidad que camina entre fidelidades y pecados.

El anuncio: proclamar el Reino y la fidelidad de Dios

La principal misión del profeta es anunciar, proclamar quién es Dios y cuál es su proyecto para la vida humana. El profeta no suaviza la realidad ni ofrece consuelo vacío, sino por el contrario, lleva, a los que sufren, la esperanza de que el Reino de Dios ya está cerca, no como una metáfora ni como un chliché sino como una realidad que podemos vivir desde ya.

El anuncio profético recuerda la alianza con Dios, despierta la esperanza y abre horizontes cuando la historia parece cerrarse ante nosotros.

Isaías anuncia que Dios no abandona a su pueblo incluso en el exilio; Jeremías proclama una alianza nueva escrita en el corazón; Ezequiel anuncia un espíritu nuevo capaz de devolver la vida a los huesos secos. En todos estos casos, el anuncio profético es promesa de transformación histórica. Dios sigue actuando, incluso cuando la realidad parece negarlo.

Este anuncio alcanza su plenitud en Jesús de Nazaret. Su primera proclamación pública es abiertamente profética: “El Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15).

Jesús no predice acontecimientos futuros; anuncia una realidad que llega a nuestro presente y nos desafía a dar una respuesta libre. Libre porque el Reino no se impone, se ofrece. No se decreta, se acoge. En Jesús, el anuncio profético se convierte en evangelización.

El profeta auténtico no señala caminos desde fuera: camina con el pueblo. Anuncia porque cree que Dios sigue actuando. Denuncia porque ama demasiado como para callar.  Y en ambas dimensiones apunta siempre a Cristo, el Profeta definitivo, en quien el Reino se hace carne.

La denuncia: confrontar la infidelidad y la injusticia

Pero el profetismo bíblico no se agota en el anuncio. Allí donde el Reino es proclamado, también se hace necesaria la denuncia. El profeta denuncia todo lo que contradice la voluntad de Dios: la injusticia, la opresión, la idolatría, la hipocresía religiosa y la falsa seguridad espiritual.

Amós denuncia un culto que convive con la explotación del pobre; Miqueas confronta a los líderes que usan la religión para legitimar el abuso; Isaías acusa a quienes convierten la ley en privilegio; Jeremías desenmascara la confianza mágica en el templo mientras se vive de espaldas a la alianza. La denuncia profética no es resentimiento ni ataque personal: es un acto de fidelidad a Dios y de amor al pueblo.

También Jesús asume plenamente esta dimensión. Denuncia a quienes cargan pesos insoportables sobre los demás, a quienes exaltan la ley olvidando la misericordia, a quienes usan el nombre de Dios para su propio beneficio. Jesús denuncia sin odio, sino con la verdad. No destruye, sino que llama a la conversión.

Anuncio y denuncia: dos movimientos inseparables

La teología bíblica es clara: no hay anuncio sin denuncia, ni denuncia sin anuncio.

El anuncio del Reino de Dios sin denuncia de la injusticia corre el riesgo de convertirse en espiritualidad evasiva; la denuncia sin anuncio degenera en crítica estéril o en ideología. El profeta bíblico mantiene unidos ambas dimensiones porque ambas nacen de la misma fuente: la Palabra de Dios.

El anuncio abre la esperanza; la denuncia desmonta las mentiras que la sofocan. El anuncio revela lo que Dios quiere construir; la denuncia señala lo que impide que ese proyecto se realice. Separarlos es desfigurar el profetismo.

El profeta no habla por iniciativa propia

Otro rasgo esencial del profetismo bíblico es que el profeta no se autoproclama. Casi todos los relatos de llamados muestran resistencia: Moisés no quiere hablar (Éxodo 4,10), Jeremías se siente demasiado joven (Jeremías 1,6), Isaías se reconoce impuro (Isaías 6,5), pero la autoridad profética no proviene del carisma personal ni del reconocimiento público, sino de la fidelidad a la Palabra recibida.

Por eso la denuncia profética no puede confundirse con activismo ideológico ni con opinión personal. El profeta no habla en nombre de una agenda humana, sino en nombre de la alianza. Por eso, todo cristiano, por su naturaleza profética, debe practicar el ejercicio de desprenderse de las opiniones y deseos personales para poder ejercer su misión de anunciar y denunciar. 

Cuando el cristiano anuncia el Reino de Dios, no promete bienestar automático, y cuando denuncia, no condena sin esperanza. Su palabra siempre apunta a la posibilidad de volver a Dios.

Seguir a Jesús es aceptar el llamado a una vida profética: vivir una fe que anuncia la vida y denuncia la muerte, que proclama esperanza y confronta el pecado.  No predice futuros, sino que abre caminos de conversión y de Reino aquí y ahora.

La Iglesia como comunidad profética hoy

El Nuevo Testamento amplía el horizonte del profetismo. Ya no se trata solo de figuras excepcionales: toda la Iglesia participa de la misión profética de Cristo. Cada creyente, desde su vocación concreta, está llamado a anunciar el Reino con su vida y su palabra, y a denunciar —con verdad y caridad— aquello que contradice el Evangelio.

En este sentido, la profecía deja de ser un espectáculo para convertirse en testimonio cotidiano: vivir con coherencia, decir la verdad aunque incomode, señalar la injusticia sin perder la misericordia, anunciar la esperanza sin negar la cruz: eso es ejercer hoy la misión profética.

Una palabra que libera, que no controla

Comprendida así, la profecía se aleja definitivamente del determinismo espiritual y de la predicción de destinos personales. El profeta no controla ni adivina ni predice el futuro de nadie. Ayuda a discernir el presente. No sustituye la conciencia; la despierta. No anula la libertad; la responsabiliza.

Estamos en un tiempo en que la palabra “profecía” corre el riesgo de vaciarse o deformarse, por eso volver al origen mediante esta reflexión bíblica no es un retroceso, sino una purificación necesaria para escuchar al Espíritu de Dios con mayor fidelidad.

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