Jesús no habló del Reino de Dios como quien dicta una definición. No dijo: “El Reino es esto o aquello”, como si fuera un concepto de manual. De hecho a lo largo de los Evangelios no encontramos una definición de lo que es el Reino de Dios.
Lo que sí hizo Jesús fue contar historias breves: un sembrador, una mujer que busca una moneda, un padre que espera, un viajero herido, un juez injusto, unos trabajadores que reciben el mismo salario. Así, sin teorías, sin esquemas, sin tratados, fue dibujando con ejemplos cómo es el Reino.
Durante mucho tiempo se pensó que Jesús hablaba en parábolas porque su audiencia era gente sencilla, pero hoy sabemos que las parábolas son algo más profundo: son una forma de educar el corazón, la conciencia y la mirada.
En los evangelios sinópticos —Mateo, Marcos y Lucas— el Reino aparece siempre unido a estas pequeñas narraciones que no solo informan, sino que transforman, lo cual nos lleva a comprender que las parábolas son, en el fondo, una pedagogía del discipulado.
El Reino: una realidad que se vive
En los sinópticos, el Reino de Dios no es presentado como un lugar lejano al que se llegará después de la muerte. Sí así fuera, el Reino sería una esperanza de una realidad lejana, una imaginación para algunos inalcanzable, sin embargo en los evangelios el Reino se nos presenta como una realidad que ya está actuando.
Jesús dice que el Reino está cerca, que ya ha comenzado, que se parece a una semilla que crece en silencio o a un poco de levadura que transforma toda la masa. No es un reino de tronos ni de ejércitos, sino de relaciones nuevas: con Dios, con los demás y con uno mismo.
¿Cuándo veremos el Reino? Tradicionalmente se creía que estaríamos en el Reino de Dios después de esta vida, por eso tenía el carácter de esperanza para unos y de utopía para otros, pero una revisión más profunda de las Escrituras nos revela que el Reino se manifiesta cuando alguien perdona de verdad, cuando un excluido es acogido, cuando un pecador es mirado con misericordia, cuando un pobre deja de ser invisible.
El Reino de Dios entonces no es un discurso religioso sino una manera distinta de vivir. Por eso Jesús tenía tal deseo de que viviéramos ya en las condiciones vitales de su hábitat celestial que para asegurarse de que tuviéramos claro el cómo lograrlo, en Juan 13:34-35 nos marca la ruta: Que os amen unos a otros como yo los he amado.
Por eso Jesús no forma “expertos en religión”, no dictó discursos teológicos, más bien formó discípulos: personas que aprenden a vivir como Él vivió.
¿Por qué Jesús habla en parábolas?
Jesús no enseña como un maestro que dicta respuestas cerradas. Enseña como quien despierta preguntas. La parábola no obliga; invita. No impone una idea; provoca una reflexión que conduce a una decisión. Quien escucha una parábola no puede quedarse neutral: o se reconoce en ella o se defiende de ella.
Las parábolas no explican el Reino como una fórmula, sino que lo ponen delante de los ojos en forma de conflicto: un samaritano que actúa mejor que los religiosos, un hijo menor que es recibido con fiesta, unos trabajadores que cobran igual aunque trabajaron menos. Todo eso incomoda, cuestiona, obliga a pensar: ¿así es Dios?, ¿así debería vivir yo?
Por eso Jesús mismo dice que algunos oyen pero no entienden, no porque les falte inteligencia, sino porque no quieren dejarse mover por lo que escuchan. La parábola revela y esconde al mismo tiempo: se abre al que busca, pero se cierra al que se siente seguro y sólo quiere confirmarse.

Las parábolas desestabilizan para enseñar
Muchas parábolas funcionan como un golpe suave pero firme contra nuestras seguridades. El buen samaritano rompe la idea de que la bondad pertenece a los que creen que actúan “correctamente”. El hijo pródigo cuestiona la lógica del que cree que merece lo que tiene o más. El fariseo y el publicano desarman la seguridad del que se siente moralmente superior.
Jesús no quiere tranquilizar conciencias, quiere despertarlas. Sus historias obligan a mirar desde otro lugar. El Reino comienza cuando dejamos de mirarnos como jueces y empezamos a mirarnos como hermanos necesitados de misericordia.
Cambiar la imagen de Dios. No un Dios distinto, sino un Dios plenamente revelado
Las parábolas no presentan a un Dios nuevo que contradiga al Dios del Antiguo Testamento. Es el mismo Dios, pero ahora mostrado de la manera más clara posible: en la vida, las palabras y los gestos de Jesús. Durante siglos, el pueblo de Israel conoció a Dios a través de la ley, los profetas, los salmos y la historia. Era una revelación verdadera, pero todavía incompleta. Con Jesús, esa revelación llega a su forma más humana y visible.
Ya no se trata solo de interpretar quién es Dios a partir de mandamientos o relatos antiguos. Ahora es Él mismo quien se deja ver en una persona concreta. Jesús no explica a Dios como una idea; lo muestra viviendo. Lo muestra tocando a los enfermos, comiendo con pecadores, perdonando, llorando, compadeciéndose, defendiendo a los pequeños.
Por eso, cuando Jesús cuenta parábolas, no está inventando un nuevo rostro de Dios, sino mostrando con ejemplos cercanos lo que siempre estuvo en el corazón de Dios, pero que no siempre se había comprendido del todo. El pastor que busca a la oveja perdida, la mujer que barre su casa hasta encontrar la moneda, el padre que corre al encuentro del hijo no son figuras que contradigan la Escritura antigua; son su cumplimiento más luminoso.
En Jesús ya no tenemos que imaginar cómo será Dios a partir de textos y normas: lo vemos actuar. Y al verlo actuar, entendemos mejor también los textos antiguos. La parábola no cambia a Dios; cambia nuestra manera de mirarlo.
Decidir, no solo entender
Las parábolas siempre terminan en una pregunta implícita: ¿y tú, qué vas a hacer? El que construye sobre roca y el que construye sobre arena escuchan las mismas palabras; lo que los diferencia es lo que hacen con ellas. Las vírgenes prudentes y las necias esperan al mismo esposo; lo que cambia es que ahora valoras la preparación. Los talentos no se reparten para admirarlos, sino para arriesgarlos. Todas las parábolas nos llevan a un cambio de actitud.
Jesús no forma oyentes brillantes, sino seguidores responsables. Entender una parábola no es captar su mensaje intelectual, sino dejar que cambie algo concreto en la vida: la manera de tratar al otro, de usar nuestros talentos, de perdonar, de mirar al pobre, de hablar del enemigo.
Discipulado: aprender caminando
El discípulo no es quien repite las parábolas, sino quien las deja trabajar por dentro. Las parábolas necesitan tiempo. No son frases para memorizar, sino historias para rumiar. A veces uno las entiende años después, cuando la vida pone delante una situación parecida.
Por eso el discipulado no es una escuela de conceptos, sino una escuela de vida. Se aprende a ser del Reino viviendo desde el Reino, equivocándose, volviendo a empezar, escuchando otra vez las mismas palabras con oídos nuevos.

El riesgo del creyente religioso
Existe el peligro de acostumbrarse a las parábolas. Oírlas tantas veces que ya no duelan. Leerlas como textos bonitos, sin dejar que cuestionen. Se puede saber Biblia de memoria y no vivir el Reino. Se puede admirar a Jesús sin seguir su camino. Se puede hablar con Él, sentir su Espíritu, oír su voz, pero no cambiar tu vida.
Las parábolas son peligrosas para la comodidad espiritual. No fueron dichas para decorar la fe, sino para transformarla. Si una parábola no incomoda nada en nuestra vida, quizá la escuchamos como historia, pero no como llamada.
Leer hoy las parábolas
Cada tiempo tiene sus propias versiones de las parábolas. Hoy también hay heridos al borde del camino, hijos que se fueron y padres que esperan, personas que trabajan mucho y se sienten poco reconocidas, gente que guarda talentos por miedo.
Leer las parábolas hoy es preguntarse: ¿dónde estoy yo en esta historia?, ¿a quién me parezco?, ¿qué me está pidiendo cambiar?
El Reino no es un recuerdo del pasado ni una promesa lejana. Es una tarea diaria. Cada gesto de misericordia lo hace visible; cada indiferencia lo oculta.
Jesús sigue educando
Las parábolas no son cuentos piadosos para entretener la fe. Son la forma con la que Jesús sigue educando discípulos. Nos enseñan sin imponernos, nos corrigen sin humillarnos, nos llaman sin gritarnos.
Quien escucha una parábola del Reino y no cambia nada en su vida, quizá escuchó una historia. Pero todavía no ha escuchado a Jesús.