InicioSagradas EscriturasJesús, el Buen Pastor: el Cristo que vence nuestros miedos

Jesús, el Buen Pastor: el Cristo que vence nuestros miedos

En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta con una de las afirmaciones más hondas y personales de toda la Escritura: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11).

No habla aquí con símbolos abstractos como la luz o el pan, sino con una imagen profundamente humana y bíblica: la del pastor que conoce a los suyos, los llama por su nombre y es capaz de dar la vida por ellos. Jesús no se presenta como un líder distante, sino como alguien que vive con los suyos, camina con ellos y se compromete hasta el final con los suyos.

Una imagen que hoy incomoda… pero revela

Hoy la imagen del “rebaño” resulta incómoda. Vivimos en una cultura que exalta la autonomía absoluta y rechaza todo lo que suene a dependencia. Sin embargo, basta mirar con honestidad nuestra realidad para descubrir que no somos tan libres como creemos.

La sociedad de masas, la presión del consumo, la publicidad, las modas y los discursos dominantes nos conducen con una fuerza silenciosa. Sin darnos cuenta, seguimos voces que no siempre buscan nuestro bien. Rechazamos la idea de ser ovejas, pero nos dejamos pastorear por las redes sociales, por la televisión, por marcas, por centros comerciales. Aceptamos pastores anónimos que no dan la vida por nadie.

Jesús se distingue de todos ellos con una palabra decisiva: “El asalariado huye cuando ve venir al lobo… porque no le importan las ovejas” (Jn 10,13). Cristo, en cambio, permanece, aún cuando el peligro es real.

El pastor bíblico: cercanía, no dominio

En la historia bíblica, el pastor no es un explotador del rebaño. Israel nació como pueblo nómada, y la relación entre pastor y ovejas era personal, cercana, cotidiana. El pastor conocía a cada una; las ovejas reconocían su voz.

Por eso la Biblia se atreve a llamar a Dios “Pastor de Israel” (Salmo 80,1). Y por eso los profetas denunciaron con dureza a los “malos pastores”: líderes que se sirven del pueblo, pero no lo cuidan (Ezequiel 34).

Cuando Jesús dice “Yo soy el buen pastor”, está haciendo algo radical: afirma que Dios mismo ha venido a cumplir la promesa de cuidar personalmente a su pueblo. No envía a otro. No delega. Él mismo entra en el peligro.

El miedo: la herida más profunda del ser humano

Si hay algo que atraviesa toda la Escritura es este llamado constante de Dios: “No tengas miedo”.

El miedo acompaña al ser humano desde la infancia hasta la muerte. Tememos perder, fracasar, enfermarnos, quedarnos solos, morir. Jesús nombra nuestras grandes angustias: el mañana, la violencia, el poder, la inseguridad.

Y frente a todas ellas ofrece su presencia. El Evangelio no dice simplemente “anímate”, sino algo mucho más fuerte: “Yo estoy con ustedes”.

Por eso los salmos siguen siendo actuales: “Aunque camine por valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo” (Salmo 23,4).

Cristo no solo habla contra el miedo: lo carga sobre sí

Aquí está el corazón del mensaje cristiano. Jesús no solo exhorta a no tener miedo; Él mismo entra en la noche del miedo humano. En Getsemaní experimenta angustia, soledad y temor real ante la muerte. No es un héroe impasible: es el Hijo que confía en el Padre en medio del temblor.

Por eso el Nuevo Testamento afirma que Cristo puede comprender nuestras debilidades, porque Él mismo fue probado como nosotros (Hebreos 4,15).

La cruz no elimina mágicamente el sufrimiento, pero redime el miedo desde dentro. Cristo toma sobre sí aquello que más nos esclaviza y lo atraviesa con obediencia y amor.

La victoria decisiva: no estamos solos

Si todo terminara en la cruz, el mensaje sería admirable, pero insuficiente. El Evangelio anuncia algo más grande: el Pastor herido ha resucitado. Jesús no solo nos mostró cómo enfrentar la angustia; Él permanece con nosotros hoy. Su victoria sobre la muerte es la respuesta definitiva al miedo más profundo del ser humano.

Por eso Pablo puede decir con una seguridad asombrosa que nada puede separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Romanos 8,38-39).

Cuando el Buen Pastor nos carga en los momentos más oscuros

Hay una antigua historia cristiana que lo expresa con sencillez: un hombre ve su vida como un camino de huellas en la arena. En los momentos felices hay dos pares de huellas en la arena, pero en los más dolorosos, solo uno. Al reclamarle a Dios por haberlo dejado solo, escucha la respuesta: “En esos momentos, yo te llevaba sobre mis hombros”.

Esa es la imagen final del Buen Pastor: no solo camina con nosotros, a veces nos carga cuando ya no podemos caminar.

Este Cristo no nos infantiliza, no nos anula, no nos manipula. Nos llama por nuestro nombre, enfrenta nuestros miedos y da la vida por nosotros.

Seguir al Buen Pastor no es perder libertad, sino encontrar una voz que no huye cuando llega el lobo.

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