Ante la crisis en Venezuela, las reacciones de las iglesias evangélicas han sido diversas. Más allá de las posturas, el Evangelio nos invita a una actitud fundamental: abrir el corazón, cultivar la compasión y acompañar el dolor de los pueblos con sensibilidad y oración.
Los acontecimientos recientes en Venezuela, marcados por la violencia, la incertidumbre y el sufrimiento de la población ante la invasión estadounidense, han provocado reacciones diversas en el mundo cristiano, particularmente entre iglesias y líderes evangélicos.
Algunas de estas respuestas de evangélicas se expresaron mediante comunicados oficiales de iglesias; otras surgieron como reflexiones personales difundidas en redes sociales o espacios digitales. En conjunto, revelan no solo posturas distintas frente a un mismo hecho político complejo, sino también una pregunta más profunda sobre la manera en que la fe cristiana se encarna ante el dolor del mundo.
En distintos países, algunas iglesias evangélicas optaron por un lenguaje pastoral: hicieron llamados a la oración, a la calma, al acompañamiento del pueblo venezolano y a la confianza en Dios cuando se está en medio de la incertidumbre.
En Venezuela, organismos evangélicos nacionales subrayaron la importancia de proteger la vida, evitar la confrontación y sostener espiritualmente a las comunidades afectadas. Estas voces recordaron que, más allá de cualquier análisis político, hay personas concretas que sufren, familias que temen y comunidades que necesitan consuelo.
Al mismo tiempo, especialmente en redes sociales, aparecieron publicaciones de líderes cristianos que opinaron a título personal con una interpretación cargada de valoraciones políticas, principalmente contrarias al gobierno de Maduro.
Estas reacciones, difundidas principalmente en redes sociales, no siempre representaron posturas oficiales de iglesias o denominaciones, pero evidenciaron cómo la fe puede verse atravesada por emociones, ideologías y lecturas parciales de la realidad.
También hubo iglesias evangélicas y protestantes, particularmente en ámbitos ecuménicos y regionales, que expresaron de manera más directa su preocupación por el uso de la violencia y por las consecuencias humanas de la intervención militar.
Desde esos espacios se insistió en que la oración no excluye la responsabilidad ética, y que el seguimiento de Cristo implica un compromiso activo con la paz, la justicia y la dignidad de los pueblos.
Este abanico de respuestas invita a una reflexión necesaria para las comunidades cristianas: no todas las reacciones nacen del mismo lugar interior. Algunas brotan del temor, otras de la esperanza, otras del enojo o del cansancio ante crisis prolongadas, y también hay quienes piensan y oran desde una ideología. Pero el Evangelio nos llama constantemente a volver al centro: al corazón compasivo de Cristo.
En momentos como este, la pregunta no es solo qué postura es la correcta, sino desde dónde reaccionamos. La fe cristiana no se distingue por la rapidez de sus juicios, sino por la profundidad de su misericordia.
Jesús no miró el sufrimiento humano como un problema a resolver desde el poderío militar, sino como una herida que exige cercanía con el que sufre, escuchar al que no le dan voz y cuidado del débil.
La compasión no es la lástima pasiva, sino la disposición a cargar con el dolor del otro. Ese es uno de los rasgos más claros del testimonio cristiano. Ablandar el corazón no significa renunciar al discernimiento, sino permitir que la realidad del sufrimiento humano atraviese nuestras certezas, nuestras opiniones y nuestras palabras.
Ante lo que ocurre en Venezuela, y en tantos otros lugares del mundo, las iglesias cristianas están llamadas a ser antes que nada comunidades sensibles, capaces de llorar con los que lloran, de orar sin excluir, y de hablar sin endurecer el corazón. La historia nos juzgará por nuestras posturas ideológicas; el Evangelio, nos juzgará por nuestra capacidad de amar.
Que este tiempo nos encuentre menos seguros de nuestras opiniones y más disponibles para la compasión. Porque, al final, ese sigue siendo el distintivo más reconocible del cristianismo.