Llegar a Jesús no es igual para todos. Algunos llegan después de pensar mucho, de leer, de preguntarse cosas sobre Dios. Pero la mayoría llega porque algo en la vida les dolió, se rompió o los dejó sin fuerzas. Unos llegan por la cabeza y otros por el corazón herido, pero todos llegan al mismo Jesús.
Esta diversidad en las formas de llegar a Jesús no son un problema para la fe, al contrario, muestra que Dios sabe encontrarse con cada persona donde quiera que esté. Dios no espera que todos piensen igual ni sientan igual. Sale al encuentro de cada uno cualquiera que sea su historia.
Desde hace mucho tiempo, los cristianos han hablado de dos maneras de entender a Jesús. Unos empiezan diciendo que Jesús es el Hijo de Dios, el Señor, el Salvador. Es el Jesús teológico al que se llega mediante el estudio y la razón.
Otros empiezan diciendo que Jesús fue un hombre que caminó con la gente, que sanó, que enseñó, que sufrió y que murió. Este es el Jesús histórico que por sus maravillas nos asombra y nos atrae.
Las dos miradas son necesarias, porque si solo vemos a Jesús como un Dios poderoso pero lejano, se nos puede volver difícil de imitar. Y si solo lo vemos como un hombre bueno, se nos puede olvidar que en Él está nuestra salvación. La fe vive de unir las dos cosas: creer en Jesús como Señor y seguir a Jesús como compañero de camino.
Pero en la vida diaria casi nadie llega a Jesús por ninguna de estas dos ideas. La gente llega a Jesús porque algo duele. Porque hay soledad, violencia, pobreza, culpa, miedo, abandono. En esos momentos uno no se pone a pensar quién es Jesús según los libros. Uno piensa: ¿quién puede ayudarme? ¿quién puede sostenerme? Jesús entra así, no por la cabeza sino por la herida. Primero se le necesita y después, si el camino sigue, se le empieza a entender. Este es el Jesús de la experiencia, ya sea personal o comunitaria.
Eso mismo pasa en los Evangelios. Las personas que se acercan a Jesús no llegan todas por el mismo motivo. Unos llegan con preguntas, otros llorando, otros enojados, otros con hambre, otros buscando perdón, otros queriendo discutir. Cada uno ve a Jesús desde su propia historia. Y Jesús no les habla a todos igual. Al que sufre lo levanta, al que se cree perfecto lo sacude, al que tiene hambre lo alimenta, al que busca de verdad lo guía, al que solo quiere usarlo lo corrige. Jesús no cambia, pero sabe hablarle distinto a cada corazón.
En los Evangelios vemos pasar ante Jesús a personas muy distintas. Llega Nicodemo con preguntas en la cabeza y Jesús le habla de nacer de nuevo; llega una mujer a punto de ser apedreada y Jesús la libra de la muerte y le devuelve la dignidad; llega un hombre paralizado desde hace años y Jesús lo pone de pie; llegan multitudes con hambre y Jesús las alimenta; llega una mujer cansada de su historia y Jesús le ofrece un agua que no se acaba; llega un joven que cree haber cumplido todo y Jesús le pide que suelte lo que lo ata; llegan sabios de la ley queriendo discutir y Jesús les muestra la distancia entre su fe y su vida; llegan dos hombres muriendo junto a Él y a uno lo deja solo con su burla y al otro le regala una promesa. A cada uno Jesús le habla distinto, pero a todos los llama a ir más allá de donde estaban para abrirlos a una vida que se parece más al Reino de Dios.
Ninguna forma de llegar a Jesús es falsa. Todas valen como punto de partida. Pero ninguna es el final. No está mal llegar con miedo, con dudas, con dolor o con rabia. Lo que no es bueno es quedarse siempre igual. Jesús no quiere solo calmarnos un rato. Quiere cambiarnos la vida. Por eso a veces consuela y a veces incomoda. A veces sana y a veces pide que cambiemos.
En los Evangelios nadie se queda igual después de encontrarse con Jesús. Algunos cambian, otros se van tristes, otros se enojan, otros creen, otros lo siguen hasta el final. Jesús no obliga. Invita. El encuentro abre la puerta, pero cada quien decide si entra o si se va.
Pensar todo esto es hacer teología, aunque suene raro. Teología no es solo para gente con alto nivel de estudios. Es pensar la fe desde la vida. Es preguntarnos desde dónde creemos, por qué creemos así y qué está pasando en nosotros desde que creemos. Cuando uno piensa su fe, no la pierde: la limpia, la hace más fuerte y más verdadera.
Llegamos a Jesús por muchos caminos, pero Jesús no quiere dejarnos en muchos destinos. Quiere llevarnos a una vida nueva, a una fe más limpia, más fuerte y más libre. No solo creer en Él, sino caminar con Él.