En la Biblia, Dios se presenta como quien llama, busca, habla y camina con su pueblo y desea ser conocido. Desde el inicio, la fe bíblica es historia de encuentro: Dios sale al encuentro del ser humano, y el ser humano responde como puede, a veces con fidelidad, otras con miedo o resistencia.
Dios llama por nombre
La relación con Dios tiene un rostro personal. Dios llama por nombre. Llama a Abraham y le pide que deje su tierra. Llama a Moisés desde una zarza. Llama a Samuel cuando aún es niño. Llama a los profetas uno por uno.
En todos los casos, no trata con masas anónimas, sino con personas concretas, con historia, carácter y heridas propias. La fe no nace de una herencia automática, sino de una respuesta: “Aquí estoy”.
Jesús y el rostro cercano de Dios
Por eso Jesús no funda una institución, sino que establece relaciones personales. Llama a pescadores, a publicanos, a mujeres y hombres concretos. Los mira, los nombra, los invita diciendo “Sígueme”.
Y ese seguimiento no es solo obedecer normas, sino aprender a vivir en relación con él: escucharlo, caminar con él, dejarse corregir, confiar. En Jesús, por primera vez en la historia de la humanidad, Dios ya no es solo el Dios del templo o de la ley, sino el Dios que come con pecadores, que toca a los enfermos, que se deja acompañar por sus discípulos.
Nadie cree por mi
Esta relación personal es insustituible. Nadie puede creer por mí. Nadie puede confiar por mí. Nadie puede amar a Dios en mi lugar. Cada uno es llamado a abrir su vida, su miedo, su culpa y su esperanza delante de Dios.
Por eso Jesús habla del Padre como “tu Padre”, y enseña a decir “Padre”, pasando primero por la experiencia de saberse hijo.
Dios no forma creyentes sueltos
Sin embargo, la Biblia nunca concibe esta relación como algo aislado. Desde el inicio, Dios no forma individuos sueltos, sino un pueblo. Elige a Abraham, pero para bendecir “a todas las familias de la tierra”.
Dios forma a Israel no solo como creyentes individuales, sino como comunidad: con leyes que protegen al débil, con fiestas compartidas, con memoria común. La fe de Israel no se vive solo en el corazón, sino en la vida del pueblo.
Un pueblo abierto al mundo
Un pueblo abierto al mundo. De un pueblo a todos los pueblos. La elección de Israel no fue un privilegio cerrado, sino un inicio. Dios elige para enviar, llama para bendecir, forma un pueblo para que sea luz. En Jesús, esa promesa se abre definitivamente: la relación con Dios deja de estar ligada a una nación y se convierte en invitación para toda persona, en cualquier lugar y tiempo.
Con Jesús, esta dimensión se ensancha. Ya no es solo Israel quien está llamado, sino toda la humanidad. Jesús no rompe la historia anterior, la abre. Lo que comenzó como elección de un pueblo se convierte en invitación universal. Por eso Pablo dirá que ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre: todos están llamados a ser parte del mismo cuerpo.
La comunidad cristiana no es un club de personas que piensan parecido, sino un espacio donde la relación personal con Dios se vuelve visible, concreta y encarnada. En la comunidad se aprende a perdonar, a servir, a cargar con las debilidades del otro. Ahí la fe deja de ser discurso y se vuelve práctica.
Relación que salva y sostiene
¿Qué significa que esta relación nos salve? No se trata solo de “irse al cielo”, sino de aprender a vivir de otra manera ya desde ahora: con menos miedo, menos soledad y más esperanza. La relación con Dios nos rescata del abandono interior, y la vida en comunidad nos rescata del encierro. Por eso la fe no solo promete futuro, también transforma el presente.
La relación con Dios, vivida así, no es solo fuente de sentido espiritual, sino también de salvación, de paz y de seguridad. No porque desaparezcan los problemas, sino porque cambia la manera de enfrentarlos. Saber que Dios me conoce por nombre me salva del abandono interior. Saber que no camino solo, sino con otros, me salva del encierro y del miedo.
Jesús no promete una vida sin dolor, pero sí una vida acompañada. Promete su presencia: “Yo estaré con ustedes todos los días”. Y esa presencia se vive de dos maneras inseparables: en la oración personal y en la vida compartida. Donde uno se encierra solo en su fe, corre el riesgo de fabricarse un dios a su medida. Donde uno se pierde en la masa sin relación personal con Dios, corre el riesgo de vivir una fe heredada pero no vivida.
Caminar con Dios, caminar con otros
La fe madura es la que sabe unir ambas cosas: un “yo” que habla con Dios y un “nosotros” que camina con Dios. Un corazón que se abre en silencio y unas manos que se abren al hermano. Una relación que salva porque me sostiene, que da paz porque me reconcilia conmigo y con los otros, y que da seguridad porque no se apoya solo en mis fuerzas, sino en la fidelidad de Dios y en el cuidado mutuo de la comunidad.
Creer, entonces, no es solo creer algo sobre Dios. Es caminar con Dios, personalmente, y caminar con otros, comunitariamente. Es saberse llamado por nombre y, al mismo tiempo, saberse parte de un pueblo que sigue aprendiendo a vivir como familia de Dios para el bien de toda la humanidad.