InicioDiálogo y Reflexión¿Por qué le pedimos pan a Dios?

¿Por qué le pedimos pan a Dios?

Un diálogo sobre la oración que Jesús nos enseñó

Hace algunos días, un amigo se sentó frente a mí después de la reunión. No venía con una duda ligera. Se le notaba inquieto.

—Hermano, hay algo que no termino de entender —me dijo—. Cuando Jesús enseñó a orar, dijo: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, pero si Dios es Padre… ¿por qué tenemos que pedirle pan? ¿No debería darlo sin que lo pidamos?

Sonreí. No porque la pregunta fuera simple, sino porque es de esas preguntas que muestran que alguien está pensando seriamente el Evangelio.

La inquietud del discípulo

—Mira —continuó—, si yo como padre tengo pan en casa, mis hijos no tienen que pedírmelo. Yo se los doy. Entonces… ¿Dios tiene el pan guardado esperando que lo pidamos? Y si alguien ora “Padre, dale pan al hambriento”, ¿significa que Dios tiene el pan pero no lo entrega hasta que alguien lo solicita?

Guardé silencio unos segundos.

—¿Y qué te preocupa realmente? —le pregunté.

—Me preocupa pensar en un Dios que posee el pan pero no lo distribuye. Ese no sería un buen Padre.

Ahí estaba el corazón del asunto.

Jesús no enseñó a informar a Dios

Le respondí:

—Cuando Jesús enseñó esa oración en el Evangelio según Mateo 6, no estaba enseñándonos a recordarle a Dios nuestras necesidades. El mismo capítulo dice: “Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mt 6:32, RVR60). Dios no necesita información.

—Entonces… ¿por qué pedir?

—Porque la oración no transforma la información de Dios; transforma el corazón del que ora.

Mi amigo guardó silencio.

El pan no es solo pan

—Cuando decimos “pan” —le expliqué— no hablamos solamente de harina y levadura. En la Biblia, el pan representa lo necesario para vivir. Sustento, trabajo, salud. Lo básico para continuar.

En el Antiguo Testamento, cuando Dios envió el maná, no lo envió para que lo almacenaran indefinidamente. Era diario, era dependencia diaria.

—O sea que pedir pan es reconocer dependencia —interrumpió.

—Exactamente. Jesús nos enseña a pedir pero no porque Dios sea indiferente. Nos enseña a pedir porque nosotros tendemos a creer que somos autosuficientes.

El problema no es la falta de pan… sino la falta de manos abiertas

Mi amigo volvió a la carga:

—Pero hermano, hay hambre real. Hay personas que oran y siguen sin pan.

Respiré hondo.

—La Escritura es muy clara. En Santiago 2 se nos dice que no basta con decir “Id en paz, calentaos y saciaos” si no damos lo necesario. El hambre en el mundo no se presenta como una falla de la despensa celestial, sino como una falla del corazón humano.

Le recordé la multiplicación de los panes en el Evangelio según Juan 6. Jesús no hizo caer pan del cielo en ese momento. Pudo hacerlo, pero prefirió tomar los cinco panes de un muchacho.

—Dios multiplica lo que está en manos dispuestas —le dije—. El pan suele estar ya en la tierra. Lo que falta es circulación.

Mi amigo bajó la mirada.

Entonces, ¿qué estamos pidiendo?

—Cuando decimos “danos el pan”, pedimos varias cosas a la vez —continué—: uno, que Dios sostenga nuestra vida, dos, que nos libre de la ansiedad, tres que nos enseñe a depender, y cuatro, que nos haga parte de su provisión para otros.

—¿O sea que al pedir pan también estamos diciendo “hazme generoso”? —preguntó.

—Exactamente. El “danos” es plural. No es “dame”. Es “danos”. Eso ya rompe el egoísmo.

¿Dios retiene el pan?

Mi amigo hizo la pregunta final:

—Entonces, ¿Dios retiene el pan hasta que lo pedimos?

—No. Dios no es un padre tacaño esperando una fórmula correcta. Pero la oración nos coloca en la verdad: vivimos por gracia, no por derecho.

Le cité Mateo 7:9:

“¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?”

—Jesús usa el ejemplo precisamente para decir que el Padre es mejor que nosotros. No peor.

La revelación final

Después de un rato en silencio, mi amigo dijo:

—Creo que entiendo. No pedimos porque Dios ignore la necesidad, sino porque nosotros ignoramos nuestra dependencia… y nuestra responsabilidad.

Asentí.

—Exactamente. Cuando pedimos pan, nos reconocemos criaturas. Y cuando lo recibimos, nos convertimos en administradores.

La oración no convierte a Dios en proveedor renuente. Nos convierte a nosotros en hijos conscientes.

8. Una conclusión pastoral

Aquella conversación terminó con una oración sencilla. No pedimos solo pan. Pedimos humildad. Pedimos manos abiertas. Pedimos corazón sensible.

Porque quizá la pregunta no es: “¿Por qué Dios no da pan?”. Sino: “¿En manos de quién ha puesto hoy el pan que otro está pidiendo?”

Y ahí comprendí algo más profundo: Cada vez que decimos “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”, estamos aceptando dos cosas inseparables: Dependemos del Padre. Y somos enviados como respuesta a la oración de alguien más.

Eso, más que una petición, es un llamado a compartir.

RELATED ARTICLES

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Most Popular

Recent Comments