Hay palabras que los cristianos repetimos con facilidad, pero que pocas veces nos detenemos a comprender en toda su profundidad. Una de ellas es “autoridad”. Se dice que Dios nos ha dado autoridad, que el creyente tiene poder, que hemos sido comisionados… pero cuando llega el momento de vivirlo, algo no termina de encajar. La idea está ahí, pero no siempre su significado.
Quizá el problema no es que falte autoridad, sino qué hacer con ella. Jesús nunca habló de una fe pasiva. En el Evangelio de Juan dejó una afirmación que, bien entendida, nos cambia por completo la manera de vivir: “El que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará…”. Es una declaración directa: creer en Él implica continuar lo que Él comenzó.
Eso obliga a hacerse una pregunta inevitable: ¿qué obras? La respuesta está en la propia misión de Jesús. La Primera Epístola de Juan lo expresa sin rodeos: Él se manifestó para deshacer las obras del diablo. Pero esto, lejos de limitarse a escenas espectaculares o a confrontaciones visibles, toca la realidad cotidiana del ser humano. Allí donde el pecado ata, donde la mentira confunde, donde la injusticia se normaliza, donde la vida se rompe por dentro o por fuera, ahí están esas obras que Cristo vino a enfrentar.
Y si Él vino a enfrentarlas, entonces el creyente no fue llamado a observarlas desde lejos, como si fuese un espectador. La autoridad no es un concepto atractivo y tentador, es una responsabilidad concreta. En el Evangelio de Lucas se narra que Jesús dio a sus discípulos poder y autoridad para expulsar demonios y sanar enfermedades. No se trataba de un gesto simbólico sino de una extensión de su propia misión. Lo que Él hacía, ahora ellos estaban llamados a hacerlo también.
Esa autoridad, sin embargo, nunca fue presentada como un privilegio personal. Jesús no enseñó a usarla para sobresalir, ni para imponerse, ni para construir una imagen espiritual. Siempre la dirigió hacia los demás, hacia el que sufre, hacia el que está atado, hacia el que necesita ser restaurado. Por eso, cuando se habla de autoridad en el evangelio, en realidad se está hablando de servicio con poder, no de poder sin servicio.
La misma lógica aparece al final del Evangelio de Mateo, cuando Jesús envía a sus discípulos y les pide que enseñen a otros a guardar todo lo que Él ha mandado. No deja una lista fría de instrucciones, pero sí un camino perfectamente reconocible en su vida: amar, perdonar, servir, vivir en verdad, permanecer en Dios. Enseñar eso no es transmitir información, es formar una manera de vivir.
Por eso la comisión del creyente no se reduce a hablar de Cristo, sino a hacerlo visible. No se trata solo de anunciar un mensaje, sino de encarnarlo en medio de un mundo que sigue cargando con las mismas heridas que existían en tiempos de Jesús.
Y aquí aparece una dificultad que no se puede ignorar. Es posible hablar de autoridad y, al mismo tiempo, vivir sin ejercerla. Es posible conocer los textos, repetirlos incluso, y sin embargo no dar el paso hacia la acción. Tal vez porque ejercer esa autoridad implica incomodarse, involucrarse, dejar de ser espectador.
También existe el riesgo contrario. Cuando la autoridad se separa del carácter de Cristo, se deforma. Puede volverse dureza en lugar de amor, imposición en lugar de servicio, espectáculo en lugar de verdad. Por eso no basta con saber que nos ha sido dada; es necesario entender cómo fue vivida por Aquel que la entregó.
Al final, la pregunta no es si el creyente tiene autoridad. El testimonio bíblico es claro en ese punto. La verdadera pregunta es más sencilla y más exigente al mismo tiempo: qué estamos haciendo con ella.
Porque creer en Jesús nunca fue solo estar de acuerdo con Él. Creer en Jesús siempre ha sido participar en su obra.
Autoridad y poder no se oponen al servicio… en el evangelio están inseparablemente unidos.
Lo que parece una contradicción nace de cómo entendemos “poder” fuera de la lógica de Jesús. Para el mundo, poder es capacidad de imponerse; para Jesús, poder es capacidad de darse.
Jesús nunca negó el poder. De hecho, afirmó que le había sido dado “toda autoridad en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Pero lo desconcertante es cómo ejerció ese poder. No dominando, sino sirviendo. No tomando ventaja, sino entregándose. No elevándose sobre los demás, sino acercándose hasta tocar la herida. Así el poder deja de ser una herramienta para controlar y se convierte en una fuerza para restaurar.
Cuando en el Evangelio de Lucas se dice que Jesús da autoridad a sus discípulos, no los está convirtiendo en figuras de dominio espiritual, sino en continuadores de su manera de actuar. Es decir, les está confiando la capacidad de hacer en otros lo que Él hacía: liberar, sanar, levantar.
Por eso, cuando alguien ejerce autoridad cristiana como imposición, en realidad está usando otra cosa, no la que viene de Cristo.
El punto más claro quizá está en un gesto. En el Evangelio de Juan, Jesús —sabiendo que tenía autoridad— se arrodilla y lava los pies de sus discípulos. No lo hace a pesar de su autoridad, sino desde ella. Es como si dijera: “esto es lo que significa tener poder en el Reino de Dios”.
El poder toma forma de servicio cuando pasa por el corazón de Cristo. Por eso, la autoridad que recibe el creyente no es para colocarse por encima de otros, sino para hacerse responsable de ellos. No es para destacar, sino para involucrarse. No es para ser servido, sino para servir con una fuerza que no viene solo de la voluntad humana, sino de Dios mismo.
¿Estamos usando el poder que decimos tener… como Jesús lo usó?