InicioTeología MoralLa resurrección: Dios diciendo la última palabra

La resurrección: Dios diciendo la última palabra

La resurrección es una verdad que no se puede ver como un símbolo, no se puede suavizar ni ver como una metáfora. Si la reducimos a símbolo, perdemos el Evangelio. Y si le damos importancia secundaria vaciamos la fe.

Nosotros no solo creemos que Jesús enseñó, ni solo que murió. Creemos que resucitó. Y no como una experiencia espiritual subjetiva, sino como un hecho real, histórico y decisivo. Por eso el apóstol Pablo no duda en afirmar: “Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14, RVR1960).

Aquí no hay punto medio. O Cristo vive… o nada tiene sentido. Pero ¿qué significa realmente que Cristo haya resucitado? Porque a veces lo afirmamos con tanta rapidez que no alcanzamos a dimensionarlo.

La resurrección no es simplemente que Jesús “volvió a la vida”, como Lázaro. No es un regreso a continuar la vida. Es el paso a una vida nueva, glorificada, incorruptible. Es la irrupción del poder de Dios en la historia humana, venciendo lo que parecía invencible: la muerte.

Como ha explicado N. T. Wright, la resurrección no es solo una prueba de que Jesús tenía razón. Es el inicio de una nueva creación. No es el final de una historia trágica, es el comienzo de algo completamente nuevo.

Esto nos obliga a replantearlo todo, porque si Cristo resucitó, entonces la muerte no es el final.

Si Cristo resucitó, entonces el pecado no tiene la última palabra. Por eso la resurrección no es solo una doctrina en la que creemos, más bien es una realidad en la que vivimos.

El mismo Pablo lo dice con una fuerza que muchas veces evitamos tomar en serio: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). Y en otro lugar: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba” (Colosenses 3:1).

Así es como la resurrección deja de ser un evento externo, como un suceso, y se vuelve una experiencia personal, no en el sentido emocional, sino en el sentido espiritual más profundo: hemos sido hechos partícipes de su vida.

Esto es clave para nosotros. Porque la salvación no es un “seguro eterno”, no es algo que recibimos para después seguir viviendo igual. Pero la resurrección rompe esa idea. No fuimos salvados solo para ser perdonados, fuimos salvados para vivir de otra manera.

Como insistía John Stott, la fe en Cristo no solo nos reconcilia con Dios, también nos incorpora a una nueva vida. No es un cambio de estatus, es un cambio de naturaleza.

Creemos que Cristo vive, pero a veces vivimos como si todo dependiera de nosotros. Confesamos la resurrección, pero seguimos atrapados en el miedo, en el pecado recurrente, en el egoísmo, en la presunción, en la desesperanza. 

Decimos que hay vida nueva… pero seguimos respirando la vieja. Tal vez el problema no es que no creamos en la resurrección, sino que no la hemos llevado hasta lo más profundo de nuestras vidas.

Porque la resurrección nos saca de nuestro control, nos quita el derecho de vivir para nosotros mismos. Nos llama a una vida que ya no gira en torno a nuestros intereses, ya no cultivamos nuestra imagen, ya no procuramos nuestros bienes, ahora, con el Cristo resucitado, vivimos en torno a Él.

Pero aquí está la buena noticia: no se nos pide vivir esa vida con nuestras propias fuerzas. El mismo poder que levantó a Cristo de los muertos es el que ahora opera en nosotros. “Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos… la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos” (Efesios 1:19-20).

Esto cambia completamente la perspectiva. No estamos intentando elevar nuestro nivel de vida. Estamos participando de una vida que ya venció la muerte.

No estamos luchando para ser reconocidos o elogiados. Estamos viviendo desde una aceptación ya asegurada en Cristo.

No estamos esperando que algo pase. Ya pasó. Por eso la resurrección no solo nos da esperanza futura, nos da dirección presente.

La resurrección no nos da estatus. Nos enseña a amar, a servir, a perdonar como la expresión natural de una vida que ha sido transformada, porque no se trata sólo de creer en la resurrección de Jesús, sino de cómo vivimos a partir de ella.

Quizá hoy necesitamos volver a decirlo, pero como una verdad que nos atraviesa:

Cristo vive !!!.

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