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Del pacto a la filiación: cómo cambia nuestra relación con Dios en Cristo

Pacto es una de esas palabras que nos han ayudado a entender a Dios. “Dios es un Dios de pactos”, solemos decir, pero si no la maduramos, la palabra Pacto puede limitar lo que Él mismo ha querido revelarnos

Es una palabra profundamente bíblica, cargada de historia, de promesa, de fidelidad. Pero también es una palabra que, leída desde nuestra experiencia cotidiana, puede sonar distante, incluso rígida, como si la relación con Dios se sostuviera en términos que no corresponden del todo al corazón de un Padre.

Y, sin embargo, la Biblia la usa. No como un contrato entre partes iguales, sino como una forma en que Dios, condescendiendo a nuestra fragilidad humana, a nuestra limitada capacidad de comprender cómo relacionarnos con Él, hace firme y visible su compromiso con el hombre

El pacto no nace de la necesidad de Dios, sino de la necesidad humana de tener certeza de que Dios acudirá a nuestro auxilio, de que nos escucha y, en última instancia, se relaciona con nosotros. Es Dios asegurándole al hombre que su amor no es volátil, que su promesa no depende del ánimo del momento.

Pero la historia no termina ahí. Porque si uno recorre la Escritura con atención, empieza a percibir que todo ese lenguaje —necesario, pedagógico, verdadero— apunta hacia algo más profundo que aún no se ha manifestado del todo. Como si el pacto fuera el andamiaje de una construcción mayor. Como si Dios preparara el terreno para una forma de relación que todavía no podía ser plenamente vivida.

Y entonces llega Cristo. El testimonio del Evangelio de Juan lo expresa con una sencillez que desarma: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Ya no es Dios hablando desde fuera, ni guiando a distancia, ni afirmando su fidelidad mediante promesas que el hombre debe aprender a creer. Es Dios mismo entrando en la historia humana, asumiendo nuestra condición, acercándose hasta un punto que el lenguaje anterior apenas podía insinuar.

Entonces ocurre algo decisivo. No se rompe lo anterior, pero sí se transforma su significado. Lo que era promesa comienza a vivirse como presencia. Lo que era anuncio se vuelve encuentro.

Y, sobre todo, lo que antes se experimentaba muchas veces como una relación sostenida desde la respuesta humana —siempre frágil, siempre incompleta— ahora se revela como una relación sostenida desde la fidelidad de Dios mismo.

Hay una frase del apóstol Pablo que, leída despacio, ilumina este cambio con una claridad extraordinaria: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gálatas 4:6). No dice “para que lleguen a ser hijos”, sino que lo somos. No coloca nuestra relación con Dios en el terreno de lo que hay que alcanzar, sino en el terreno de lo que nos ha sido dado.

Esto giro en la relación con Dios es profundo, porque un pacto, incluso entendido en su mejor sentido bíblico, todavía puede percibirse como algo que involucra un compromiso que debe cumplirse. Se adquiere un compromiso y hay que cumplirlo. Pero un hijo no vive la relación con su padre en esos términos

La llegada de Jesús a la Tierra da un nuevo carácter a nuestra relación con Dios. Un hijo puede fallar, puede alejarse, puede no comprender… pero no deja de ser hijo. Su relación no descansa en su desempeño, sino en un vínculo que lo precede. La relación de los hijos con Dios no descansa en el cumplimiento de los compromisos mutuos, sino en el amor que los une.

En Cristo, la relación con Dios comienza a ser vivida no como un acuerdo que hay que mantener, sino como una filiación que se recibe. No como un acuerdo que depende de nuestra capacidad de responder, sino como una realidad que descansa en la fidelidad de Dios. La gracia deja de ser solo una idea teológica y se convierte en el suelo mismo sobre el que se camina.

Esto no elimina el lenguaje de pacto, pero sí lo reubica. Lo sitúa en su lugar correcto dentro de la historia de la salvación: como una etapa verdadera, necesaria, pero orientada hacia algo mayor. Porque el propósito último de Dios no era establecer acuerdos con el hombre, sino traerlo a una comunión tan cercana que solo puede describirse en términos de paternidad.

Por eso, cuando Jesús ora, no lo hace apelando a un pacto, sino diciendo “Padre”. Y cuando enseña a sus discípulos a orar, no les habla de condiciones ni de compromisos, sino que los introduce en esa misma relación: “Padre nuestro”.

Ahí está el centro de la reflexión teológica. No en la negación de lo que Dios hizo antes, sino en la revelación plena de lo que siempre quiso hacer. No en abandonar el pacto, sino en comprender que en Cristo ese pacto ha sido llevado a su cumplimiento de tal manera que el creyente ya no se acerca a Dios desde la incertidumbre, sino desde la confianza de un hijo con su Padre.

Nuestro desafío hoy no es corregir la doctrina, sino dejar que el lenguaje de la fe recupere su profundidad. Podemos seguir hablando de pacto, sí, pero sin perder de vista que en Jesucristo ya no estamos frente a una relación que hay que sostener por un compromiso adquirido, sino frente a una vida que se nos ha dado.

Y entonces, poco a poco, casi sin darnos cuenta, la fe deja de sentirse como un esfuerzo por permanecer dentro de un acuerdo… y comienza a vivirse como lo que siempre fue en el corazón de Dios: el regreso de un hijo a casa.

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