En distintos espacios del mundo evangélico —especialmente en América Latina— han surgido voces con gran capacidad de comunicar, con un lenguaje cuidadosamente seleccionado que levanta el ánimo, agita el entusiasmo y llena de optimismo.
Su estilo es cercano, su mensaje es atractivo y su alcance, innegable. Hablan de bienestar, de superación, de prosperidad y de éxito. Y, en medio de todo ello, aparece una pregunta que nos ayuda a discernir: ¿seguimos escuchando el centro del Evangelio o ya nos hemos desplazado, poco a poco, hacia otra cosa?
No todo lo que suena bien es lo mismo
Es justo reconocer algo desde el inicio. Comunicar bien no es un problema; al contrario, es una necesidad. El propio Jesucristo habló de manera que la gente pudiera entender: claro, directo y profundo. No se encerró en un lenguaje complicado ni distante. Tomó ejemplos de la vida cotidiana y los convirtió en puerta de entrada a algo más grande.
Pero Jesús nunca organizó su mensaje en torno a lo que la gente quería escuchar. Ahí está la diferencia, porque una cosa es hablar de forma cercana, y otra muy distinta es construir el mensaje desde los deseos más inmediatos del corazón humano. Todos deseamos una casa propia, un auto, una profesión, una empresa estable.
Pero el Evangelio no nace de lo que nosotros deseamos, sino de lo que Dios revela. Y no siempre coincide lo que deseamos con lo que Dios quiere para nosotros. Como está escrito: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8).
Cuando el centro del evangelio se mueve sin darnos cuenta
En nuestro tiempo se ha vuelto común escuchar mensajes que giran en torno al bienestar, al crecimiento personal y al éxito. Son palabras que conectan, que animan, que levantan. Y eso, en sí mismo, no es malo.
El problema no aparece en esas palabras, sino en el lugar que ocupan. Cuando ese tipo de ideas se vuelve el eje de la prédica, el corazón del mensaje cambia de lugar. El Evangelio deja de ser anuncio de salvación y empieza a funcionar como una herramienta para mejorar la vida. Puede seguir sonando cercano a la fe, incluso apoyarse en versículos, pero ya no camina con el propósito de Jesús.
Poco a poco, casi sin notarlo, el centro deja de ser Dios y comienza a ser el hombre. Y entonces se cumple una advertencia antigua, pero vigente: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que… se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Timoteo 4:3).
Mirar a Cristo con honestidad
Hay algo en la vida de Jesucristo que resulta profundamente iluminador para este momento. Él no vivió buscando éxito, ni acumuló riqueza, ni prometió bienestar material como fruto de la fe. Su camino fue sobrio, libre, incluso incómodo para muchos.
Él mismo lo dijo con sencillez: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). Esto no significa que el bienestar sea algo malo. Significa que ni la prosperidad ni el éxito fueron el centro de su mensaje.
Su mirada estaba puesta en algo más hondo: la conversión del corazón, el amor al prójimo, la reconciliación con Dios y una vida nueva. Porque, como Él mismo enseñó: “¿Qué aprovechará al hombre si gana todo el mundo, y pierde su alma?” (Marcos 8:36).
Impacto o acompañamiento
También se ha transformado la manera en que muchas personas reciben el mensaje cristiano. Hoy es más fácil llegar a multitudes, conectar en poco tiempo y generar emociones intensas. Pero la vida cristiana no se sostiene solo con momentos de entusiasmo.
La fe crece en procesos, en relaciones, en acompañamiento. Necesita tiempo, cercanía y paciencia. El pastor, en el sentido más profundo, no es solo quien habla, sino quien cuida, quien escucha, quien camina con otros.
Así se describe el corazón pastoral: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella…” (1 Pedro 5:2). Cuando el mensaje se queda únicamente en el impacto, lo más importante se queda en el camino.
El riesgo de poner todo en el “tú puedes”
Hay frases que se repiten con facilidad porque son verdaderas en parte: que podemos salir adelante, que nuestra vida tiene valor, que hay esperanza. Y eso es bueno. Pero cuando todo el mensaje se organiza alrededor del “tú puedes”, el horizonte se reduce.
El Evangelio no revela en primer lugar lo que el hombre es capaz de hacer. Revela lo que Dios hace en el hombre. Porque Dios no invita solo a motivarse, sino a transformarse. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es…” (2 Corintios 5:17). No es un camino para potenciar lo que ya somos, sino para recibir una vida nueva.
Buscando el equilibrio
Es importante decirlo con claridad para no caer en extremos. Desear una vida digna, buscar estabilidad, aspirar a mejorar, no es contrario a la fe. El Evangelio no desprecia el esfuerzo humano.
Pero tampoco promete éxito como resultado de creer. Al contrario, advierte con claridad: “Los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo…” (1 Timoteo 6:9). Cuando se presenta la fe como un camino seguro hacia la prosperidad, se genera una expectativa que el propio Evangelio no sostiene.
Volver al corazón
En esta reflexión deliberadamente no hemos señalado a nadie, porque el propósito es preguntarnos con honestidad qué estamos escuchando y qué estamos buscando. Si el mensaje nos acerca a Dios, aunque nos confronte, entonces vamos en buen camino.
Pero si solo nos confirma, si nos anima sin transformarnos, si deja intacto el corazón, entonces conviene detenerse y discernir. Porque, como también está escrito: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas…” (Jeremías 17:9).
No todo lo que consuela sana, ni todo lo que emociona nos acerca a Dios.
Para el predicador, el desafío no es solo hablar bien, sino no perder el centro del mensaje evangélico. Porque cuando el éxito ocupa ese lugar, el mensaje puede seguir siendo atractivo, incluso inspirador, pero deja de conducir hacia donde Cristo quiso llevarnos.
Y el Evangelio no nos fue dado para sentirnos mejor, sino para ser transformados.
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