La aprobación del aborto no es un triunfo

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Con la reciente incorporación de Sinaloa a la lista de entidades federativas en donde el aborto es legal a petición libre antes de las doce semanas de gestación, muchas organizaciones civiles y medios de comunicación, de izquierda y de derecha, festejaron el hecho como un “triunfo”.

“La lucha de las mexicanas por los derechos reproductivos ha ganado este 8 de marzo una nueva batalla”, escribió el diario derechista El País, sumándose a las voces de quienes creen estar defendiendo los derechos humanos al luchar por la legalización del aborto. 

Pero ¿los derechos humanos de quién? El ser humano más indefenso, más vulnerable y que por lo tanto requiere la mayor protección son los bebés en etapa de gestación. Y su lugar más seguro y más confiable, debería ser el vientre de su madre. Pero resulta que precisamente esas madres luchan por su derecho a acabar con la vida del bebé que están gestando.

Los cristianos no queremos ver en la cárcel a las mujeres que abortan, lo que queremos es una protección legal para los bebés en gestación. Sabemos también que esas mujeres que luchan por su derecho a abortar no están conscientes de lo que realmente buscan. Si los vientres de las madres fueran transparentes, ninguna mujer querría abortar. 

No se trata de perseguir a la mujer que aborta, y menos cuando se trata de víctimas que pueden estar siendo presionadas socialmente para recurrir a esta práctica que les lleva a perder a un hijo, quedando marcadas por el dolor para toda la vida.  

Son muchas las personas involucradas en un aborto, la clínica que los ofrece la muerte de un ser humano en un gran negocio; los médicos que, al practicar un aborto, están faltando al juramento de cuidar de toda vida; los familiares -e inclusive el padre de ese nuevo ser humano- que pueden estar orillando a la mujer a deshacerse de su hijo, por comodidad, por irresponsabilidad y por muchas circunstancias que puedan influir en tal decisión. 

Sólo en la Ciudad de México se han cometido 241 mil abortos en hospitales públicos -sin contar los privados– desde que en el 2007 se despenalizó. No podemos hacer a un lado el dolor que causa pensar en esas 241 mil personas que vieron truncada su vida y en las miles de mujeres que perdieron a sus hijos. Eso no puede ser un triunfo.

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