El regreso a la normalidad tal como la conocíamos antes del Covid-19 no se ve cerca y en opinión de algunos expertos lo más probable es que ya no suceda jamás esa normalidad, de ahí que en muchos países se habla de un retorno a una “nueva normalidad”. 

¿Qué significa esto? Significa que muchas de las formas de relacionarnos ya no se volverán a usar jamás, pues ahora debemos acostumbrarnos a convivir con un agente infeccioso como es el SARS-CoV-2 que produce una enfermedad individual y colectiva, es decir, epidemiológica, y debemos estar prevenidos por la posible aparición de nuevos agentes infecciosos en un futuro.

Esto significa que debemos aprender a adaptarnos a la cultura de las epidemias, de la misma manera que aprendimos a adaptarnos a una cultura de los sismos (hábitos de simulacros, rutas de salida, sistemas de construcción, etc.), pero ahora en términos de higiene, de manejo de espacios públicos y en la manera en qué interactuamos socialmente.

Lo más probable es que el SARS-CoV-2 llegue a estabilizarse en la población humana y termine siendo un agente causal de una enfermedad de poca importancia y seguramente aparecerán tratamientos y una vacuna, pero esta experiencia, aunada a la reciente epidemia de influenza H1N1, nos hace pensar en la normalidad de la aparición de enfermedades emergentes de naturaleza infecciosa, por eso la cultura de las relaciones interpersonales muy probablemente va a cambiar.

La cultura latina es de mucho acercamiento físico, de abrazos, de besos, de tocarse, de conglomerados, pero las epidemias recientes nos están haciendo cambiar estas costumbres y ya no será fácil volver a esas prácticas culturales. La cultura de las epidemias no sólo convertirán en práctica rutinaria el lavado de manos, el cubrirse la boca al estornudar, el aislarse al contraer una enfermedad respiratoria, sino que probablemente se volverá rutinario el alejamiento físico en estadios, teatros, aerolíneas, restaurantes y templos.

Un fuerte argumento que consolida la necesidad de modificaciones culturales es el hecho de que ni los gobiernos ni las industrias privadas pueden correr el riesgo de que aparezca un nuevo virus en el mediano o largo plazo que paralice las actividades productivas del planeta en niveles como lo está haciendo el coronavirus, así que, o simplemente permiten que un nuevo virus acabe con media humanidad o bien desde ya se comienzan a modificar las tradicionales formas de interactuar en la sociedad.

Un cambio sugerente es la posibilidad de instaurar un sistema de vigilancia de ciudadanos, para que en caso de un nuevo brote epidémico, se pueda determinar rápidamente a los contactos del contagiado y así aislar localmente a los que integren el círculo de seguridad en una cuarentena rigurosa.

Sin embargo, los cambios culturales son los que prevalecen en el temor de la sociedad, por ejemplo hay quien habla de la posible desaparición del saludo de mano y/o de beso, así como la eliminación de algunas prácticas sociales y religiosas que implican contacto físico fuera del ámbito familiar.

La eliminación de ciertas prácticas religiosas pondría en cuestionamiento el formato de prácticas bíblicas como la ministración, la oración en grupos masivos y la celebración de servicios cristianos masivos.

Sin embargo, una nueva cultura postpandémica podría modificar el formato, pero nunca la esencia de lo que nos pide la Biblia. Pastores, líderes y la iglesia toda necesitan estar atentos a las tendencias sociales de los próximos meses, pues quizá sea necesario reinventar formatos dejando intacto el evangelio y la esencia bíblica.

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