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Evangélicos que creen en la Trinidad, pero no en la persona del Espíritu Santo: la lección canadiense 

Una reciente encuesta realizada por Ligonier Ministries Canada y Lifeway Research ha despertado preocupación entre líderes evangélicos de aquel país. El estudio, conocido como El Estado de la Teología, encontró que una parte significativa de quienes se identifican como evangélicos sostienen creencias que contradicen enseñanzas fundamentales de la fe cristiana.

A primera vista podría parecer un problema lejano, propio de una sociedad cada vez más secularizada como la canadiense. Sin embargo, la pregunta que surge para nosotros en México no es qué está pasando con los evangélicos de Canadá, sino qué tan preparados estamos para enfrentar desafíos similares.

La encuesta reveló que el 73% de los evangélicos canadienses estuvo de acuerdo con la afirmación de que “todos nacen inocentes ante los ojos de Dios”. Además, el 60% consideró que “todos pecan un poco, pero la mayoría de las personas son buenas por naturaleza”.

Para Ligonier Ministries, estas respuestas reflejan un desconocimiento de la doctrina bíblica del pecado original, pero textos como Romanos 5:18-19 y Efesios 2:1-3 enseñan que toda la humanidad ha sido afectada por el pecado y necesita la gracia salvadora de Cristo.

Pero quizá el dato más llamativo fue otro. El 66% de los encuestados afirmó que el Espíritu Santo es una “fuerza” y no una persona, aunque el 93% dijo creer en la Trinidad. Es decir, muchas personas afirman doctrinas ortodoxas mientras sostienen simultáneamente ideas que las contradicen.

Chris Larson, presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries Canada, señaló que estas contradicciones no son asuntos secundarios. Citando al teólogo R.C. Sproul, recordó que muchos creyentes viven con lo que él llamaba “inconsistencias felices”: afirman verdades bíblicas importantes, pero al mismo tiempo mantienen creencias incompatibles con ellas.

¿Es un problema exclusivo de Canadá?

Sería un error pensar que estas confusiones doctrinales son exclusivas de Norteamérica. En México y en gran parte de América Latina hemos sido testigos de un crecimiento notable del número de cristianos evangélicos durante las últimas décadas. Miles de personas han llegado a Cristo, nuevas congregaciones han surgido y el evangelio ha alcanzado lugares donde antes tenía poca presencia.

Sin embargo, el crecimiento numérico no siempre va acompañado de una formación bíblica igualmente sólida. Muchas iglesias enfrentan hoy el desafío de discipular a creyentes que consumen diariamente contenidos “cristianos” a través de redes sociales, videos cortos, transmisiones en vivo y mensajes motivacionales.

Nunca había sido tan fácil acceder a información cristiana, pero tampoco había sido tan fácil recibir enseñanzas contradictorias.

Es posible encontrar creyentes que reconocen la autoridad de la Biblia, pero al mismo tiempo adoptan ideas tomadas de la autoayuda, del relativismo cultural o de diversas corrientes espirituales contemporáneas. Otros pueden repetir doctrinas aprendidas en la iglesia sin comprender realmente su significado.

La situación descrita por la encuesta canadiense debería servirnos como advertencia pastoral más que como motivo de crítica. Antes de preguntarnos qué está ocurriendo en Canadá, quizá conviene preguntarnos qué tan sólidas son nuestras propias convicciones bíblicas.

Más allá de las emociones

El problema no es que los creyentes hayan dejado de buscar a Dios. En muchos casos ocurre exactamente lo contrario: oran, adoran, sirven y participan activamente en la vida de la iglesia. El problema es que la formación bíblica no siempre crece al mismo ritmo que la experiencia espiritual.

Por eso puede suceder algo aparentemente contradictorio: personas que aman sinceramente a Cristo, pero que tienen dificultades para explicar quién es el Espíritu Santo; creyentes que afirman la autoridad de la Biblia, pero que adoptan ideas sobre el ser humano, el pecado o la salvación que provienen más de la cultura actual que de las Escrituras.

En algunos sectores evangélicos se ha insistido, con razón, en que el cristianismo es mucho más que una religión entendida como un conjunto de rituales externos. También se ha enfatizado la importancia de una relación personal con Jesucristo. 

Sin embargo, a veces esa reacción contra el mero formalismo religioso ha tenido un efecto inesperado: la enseñanza doctrinal comienza a verse como algo secundario frente a la experiencia espiritual.

Poco a poco, algunas congregaciones pueden dedicar más esfuerzos a generar momentos emocionalmente intensos que a profundizar en el estudio de las Escrituras. Se busca que las personas experimenten a Dios, lo cual es valioso y necesario, pero no siempre se les ayuda a comprender quién es Dios, qué enseña su Palabra y por qué la iglesia ha creído ciertas doctrinas a lo largo de los siglos.

No hay nada malo en una adoración apasionada, en una oración ferviente o en un encuentro genuino con el Espíritu Santo. El problema aparece cuando la experiencia sustituye a la enseñanza. Una iglesia puede llenarse de entusiasmo, música, actividades y experiencias espirituales significativas, pero si sus miembros no están creciendo también en el conocimiento bíblico, la fe corre el riesgo de apoyarse más en las emociones del momento que en las verdades permanentes del evangelio.

La solución no es reemplazar la experiencia por la doctrina, sino unir ambas cosas. El Nuevo Testamento presenta una fe que ama a Dios con todo el corazón, pero también con toda la mente.

El apóstol Pablo exhortó a los creyentes a ser transformados mediante la renovación de su entendimiento (Romanos 12:2). Asimismo, llamó a Timoteo a ocuparse de la sana doctrina y a enseñar fielmente la verdad recibida.

Cuando la enseñanza doctrinal pierde importancia, la iglesia puede conservar sus actividades, sus reuniones y hasta su entusiasmo, pero corre el riesgo de perder claridad sobre quién es Dios, quién es Cristo, qué es el evangelio y por qué necesitamos salvación.

Una oportunidad para la iglesia mexicana

Más que generar alarma, estudios como este pueden convertirse en una oportunidad. Quizá sea momento de preguntarnos cuánto conocen nuestras congregaciones acerca de las doctrinas fundamentales de la fe. ¿Comprenden los creyentes quién es el Espíritu Santo? ¿Entienden la naturaleza del pecado y de la gracia? ¿Pueden explicar el evangelio con claridad? ¿Saben por qué creen lo que creen?

La respuesta a estas preguntas no depende únicamente de seminarios o institutos bíblicos. También involucra a pastores, maestros, líderes de grupos pequeños, padres de familia y a cada creyente que desea crecer en el conocimiento de Dios.

La iglesia evangélica siempre ha sostenido que la Biblia es la máxima autoridad para la fe y la práctica. Pero afirmar esa verdad implica algo más que repetir una declaración doctrinal. Implica conocer las Escrituras, estudiarlas con seriedad y permitir que formen nuestra manera de pensar.

Tal vez la mayor lección que llega desde Canadá sea precisamente esta: una iglesia puede seguir llamándose evangélica y, al mismo tiempo, comenzar a olvidar las verdades que le dieron origen. 

Por eso, el desafío para nosotros no es observar a otros desde la distancia, sino volver una y otra vez a la Palabra de Dios para examinar nuestra propia fe, fortalecer nuestras convicciones y transmitir fielmente el evangelio a las nuevas generaciones.

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