lunes, junio 17, 2024
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Las distracciones durante la oración

A muchos nos mortifica ser presas de distracciones en el momento en que nos hemos dispuesto a orar. Son momentos en que estamos dispuestos a adorar al Señor pero al poco tiempo nuestra mente está en otro lado, y por más que intentamos, no logramos concentrarnos. 

No debe extrañarnos que las distracciones se presenten, pues durante el día estamos bombardeados por múltiples situaciones que se anidan en nuestro cerebro y en un momento de paz afloran nuevamente y nos distraen de nuestro objetivo.

Para tener una adoración más concentrada y con menos distracciones debemos tomar en cuenta lo siguiente:

Disciplina

La vista ve una cosa, los oídos oyen otra cosa, el gusto gusta otra cosa. La imaginación imagina una cosa, la memoria recuerda otra. La mente piensa una cosa, la voluntad quiere otra cosa. Los 5 sentidos exteriores, los sentidos interiores (memoria e imaginación) y las facultades superiores (inteligencia y voluntad) pueden atender cosas diferentes a la vez y cada una a su manera. 

La concentración depende del dominio que tengamos sobre nuestros sentidos y facultades. Hay personas a quienes se les facilita la concentración, otras a las que se les dificulta de manera especial.

Para concentrarnos debemos disciplinarnos. Lo sabe todo buen estudiante. Si quiere resolver un problema de álgebra debe concentrarse. Y esto requiere disciplina: apagar la televisión, quitar la música, decirle a su novia que la buscará más tarde, quitar todo elemento que pueda distraerle, cerrar la puerta y tal vez también las cortinas, sentarse correctamente y centrar toda su atención en el problema que debe resolver.

Cuando hacemos oración necesitamos centrarnos, concentrarnos. Para concentrarnos tenemos que ayudarnos eligiendo la hora, el lugar, la postura y el ambiente adecuados. Ir al lugar que más nos ayude, por lo general ayudan más los espacios pequeños, cerrados, bien ventilados, silenciosos, con poca luz. Tomar una postura respetuosa, cómoda, atenta (puede ser sentado con la espalda recta, de rodillas o como más ayude a cada uno). 

Apartar todo aquello que distraiga o pudiera distraer (ruidos, imágenes, objetos, personas, desorden, etc.), agregar aquello que ayude a concentrarse (postura adecuada, ojos cerrados, luz cálida, las gotas de un fuente serena). Elegir la hora en que la mente esté más serena: para algunos será al inicio del día, para otros al atardecer, para otros de noche cuando todos duermen.

Cuanto más se hace oración, más se facilita la concentración y más se forma el hábito de recogimiento. Pero en esta materia de las distracciones nadie puede decir que tiene la batalla ganada, siempre será una dificultad y siempre exigirá disciplina.

Voluntad

Para orar es necesario un ambiente de quietud. Quietud es tranquilidad, sosiego, reposo, calma, estabilidad. Una quietud del cuerpo, pero sobre todo quietud interior, quietud profunda. La quietud podemos llevarla con nosotros a todas partes aunque estemos rodeados de ruidos y jalonados por la actividad cotidiana.

Por más agradable que algo sea, si se trata de algo exigente, se requiere la intervención de la voluntad de decir: “Quiero hacer esto y lo quiero hacer bien”. Tomar las riendas de todas nuestras facultades y esforzarnos por hacerlo. En el caso de la oración lo que queremos hacer es centrarnos en la persona de Cristo, pensar en Él, estar con Él. Y pedirle al Espíritu Santo que nos lo conceda.

La distracción significa verse atraído por otra cosa que nos atrae con más fuerza. Si queremos centrar toda nuestra atención en la persona de Cristo y hay estímulos que nos atraen y nos distraen (ruidos, personas, objetos, recuerdos, pendientes), necesitamos actuar con toda la voluntad de hacer lo que queremos hacer.

Cuando algo nos distraiga, podemos valernos de eso mismo para regresar a Dios. Por ejemplo: si nos distrae una persona que está haciendo ruido, podemos hacer de eso materia de nuestra conversación con Jesús y decirle: “Como ves, Señor, soy débil y me distraigo con facilidad; te pido por esa persona, y a mí ayúdame a conocerte mejor, ahora quiero estar a solas contigo profundizando en esta faceta de tu personalidad que estaba contemplando…” Y así volvemos a tomar el hilo de nuestra meditación a través de un diálogo muy natural con Jesús.

Atender al Huésped

“cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto…” (Mt 6,6) Dios habita en nosotros, es el huésped de nuestra alma, nosotros somos morada de Dios. Un huésped merece atención. Del anfitrión se espera que esté con el huésped mientras le acompaña en su casa. El Espíritu Santo está siempre con nosotros, dentro de nosotros. Por tanto, espera que le pongamos atención y estemos con Él.

Lo más común es que nuestro espíritu ande ocupado en muchas cosas y le cueste centrarse en la presencia de Dios vivo. Al orar, hay que dejar todas las criaturas a un lado. Actuar nuestra fe y recordar la presencia de Dios, contemplar en la fe al Dios que me invade y me da vida desde dentro. 

Él es la Fuente de la quietud profunda. Al volcar toda tu persona hacia Dios, en Él reposas, su presencia te llena de confianza, te serena, es fecundo manantial de paz. Lo que buscamos, pues, es que el centro de nuestra atención esté en Dios, en actitud de adoración, en un clima de fe, de amor y de confianza.

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