Cuando abrimos los Evangelios solemos detenernos en los milagros de Jesús. Nos maravillamos al ver caminar a un paralítico, recuperar la vista a un ciego o volver a la vida al hijo de una viuda. Con frecuencia nos preguntamos cómo ocurrieron aquellos acontecimientos extraordinarios o qué tan grande era el poder de Jesús.
Sin embargo, quizá estamos comenzando por la pregunta equivocada, porque antes de preguntarnos por el significado de un milagro, conviene preguntarnos por el propósito de la venida de Jesús. ¿Para qué envió el Padre a su Hijo al mundo?
Los Evangelios responden a esta pregunta de muchas maneras, pero todas convergen en una misma dirección: Jesús vino a revelar al Padre, vino a mostrarnos quién es Dios, sus palabras, sus parábolas, sus encuentros con los pobres, su cercanía con los pecadores, su compasión por los enfermos y aun sus lágrimas frente al sufrimiento humano nos permiten contemplar el corazón del Padre.
Si esto es así, entonces también debemos aprender a leer los milagros de otra manera, porque los milagros nunca fueron un espectáculo, fueron una revelación.
Una ventana al Reino de Dios
Cuando Jesús comenzó a predicar, no anunció primero los milagros. Anunció el Reino de Dios. «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio».
Los milagros no sustituyen ese mensaje. Lo hacen visible. Cuando un leproso recupera su dignidad, el Reino se hace visible. Cuando un paralítico vuelve a caminar, el Reino se hace visible. Cuando una multitud hambrienta recibe pan, el Reino se hace visible. Cuando una mujer despreciada descubre que Dios no la ha abandonado, el Reino se hace visible.
Cada milagro es una pequeña ventana por la que el Reino de Dios se asoma al mundo.
Más que poder, compasión
Es verdad que los milagros manifiestan el poder de Dios. Sería imposible negarlo. Pero los Evangelios parecen querer conducirnos todavía más lejos. No solo a mostrarnos cuán poderoso es el Señor, eso se da por sentado desde que es creador de todo lo que existe. Pero antes del milagro suele aparecer una mirada, una conversación, un llanto, una súplica, una mano extendida, una expresión que se repite una y otra vez: “Tuvo compasión”.
Jesús no sana porque desea impresionar a la multitud, por eso no le interesa dar espectáculos, por eso dice “no se lo digan a nadie”. No alimenta a los cinco mil para demostrar de lo que es capaz, no toca al leproso para exhibir un poder sobrenatural. Lo hace porque ama.
A Jesús el sufrimiento humano nunca le resulta indiferente. Detrás de cada milagro encontramos siempre a una persona concreta: un padre desesperado, una madre que llora, un enfermo olvidado, un hombre excluido, una mujer marginada, un niño.
El milagro comienza mucho antes del prodigio. Comienza cuando el amor de Dios se encuentra con el sufrimiento humano. Por eso Jesús se conmueve, porque siente en su alma el dolor del prójimo.
Aprender a leer los Evangelios
Quizá durante mucho tiempo hemos leído los milagros preguntándonos: “¿Qué tan grande fue el poder de Jesús?”. Es una pregunta legítima, pero tal vez no es la primera que nos debemos hacer. Quizá debemos comenzar por preguntarnos: “¿Qué me está revelando este milagro acerca del Padre?”
Entonces descubrimos algo extraordinario. Cada milagro nos muestra que Dios no permanece distante del dolor humano, que el Padre escucha el clamor de quienes sufren, que no desprecia al pecador arrepentido, que no olvida al pobre, que no abandona al enfermo, que el Reino que Jesús anuncia no es un reino de miedo, sino un reino donde el amor comienza a transformar la vida de las personas.
El verdadero milagro
Los milagros de Jesús no buscan únicamente despertar admiración, buscan despertar confianza. Nos invitan a creer, sí, pero no solamente porque Dios tiene poder para hacer cosas extraordinarias. Nos invitan a creer porque ese poder está al servicio del amor.
Cuando contemplamos los milagros únicamente como demostraciones de poder, podemos quedar impresionados, pero cuando descubrimos el amor que hay detrás de ellos, comenzamos a conocer al Padre. Y ese quizá sea el milagro más grande de todos.
Por eso volver a Jesús también significa volver a leer sus milagros. No como espectáculos destinados a sorprender al mundo, sino como gestos de un Hijo que vino a mostrarnos, con palabras y con obras, cómo es el corazón del Padre.
Quien busca solamente el milagro termina admirando el poder de Dios. Pero Jesús no busca admiradores, busca discípulos. Quien descubre el amor que hay detrás del milagro comienza a conocer verdaderamente al Padre.