InicioTeología y Revelación¿En qué Dios dejaste de creer?

¿En qué Dios dejaste de creer?

Tal vez algunas personas no necesitan que las convenzamos de volver a creer en Dios. Necesitan descubrir que el Dios en quien dejaron de creer no se parece al Dios que Jesús vino a mostrarnos.

«Ya no creo en Dios». La frase puede escucharse después de una tragedia, de una enfermedad, de una oración aparentemente no escuchada, de una decepción con la Iglesia o simplemente después de años en los que aquello que alguna vez parecía evidente dejó de tener sentido.

Nuestra primera reacción como cristianos puede ser intentar responder, explicar o defender desde nuestra fe y convicciones. Intentaremos demostrar que Dios existe, recordar algún pasaje bíblico, hablar de los propósitos de Dios que no alcanzamos a comprender. Pero quizá estamos comenzando demasiado adelante.

Antes de intentar convencer a alguien de que Dios existe, habría que hacer una pregunta mucho más sencilla: ¿En qué Dios dejaste de creer?

La pregunta puede parecer extraña, pero es fundamental. Porque detrás de la palabra “Dios” caben imágenes muy diferentes, y no todas corresponden necesariamente al Dios que Jesús nos mostró.

El Dios que alguna vez imaginamos

Desde pequeños vamos construyendo una imagen de Dios. La recibimos de nuestros padres, de la iglesia, de los predicadores, de las canciones, de nuestras experiencias y también de nuestros propios temores y necesidades.

Así podemos terminar imaginando a Dios como una especie de gran vigilante que desde el cielo observa nuestras acciones para premiarnos cuando hacemos bien y castigarnos cuando hacemos mal.

O como el gran controlador de los acontecimientos: alguien que decide quién enferma y quién sana, quién encuentra trabajo y quién lo pierde, quién sobrevive a un accidente y quién muere.

También podemos imaginarlo como proveedor: si tenemos suficiente fe, oramos en forma correcta o hacemos lo que Él espera de nosotros, entonces nos protegerá, resolverá nuestros problemas y hará que las cosas terminen bien.

Mientras la vida funciona tal como esperamos, podemos, mantener esa imagen. Pero la vida tarde o temprano deja de funcionar como esperábamos: llega una enfermedad, muere alguien a quien amamos, fracasa un matrimonio, perdemos el trabajo, un hijo toma un camino doloroso.

Pedimos algo durante meses y aquello que suplicamos no ocurre. Y entonces no solamente sufrimos por lo sucedido. También puede derrumbarse nuestra imagen de Dios. “Oré y no me escuchó”, “confié y no me protegió”, “hice las cosas bien y permitió que esto sucediera”, “¿para qué creer en un Dios que deja que ocurran estas cosas?”. La conclusión parece inevitable: “Ya no creo en Dios”.

Pero quizá ocurrió algo diferente. Quizá dejamos de creer en una determinada idea de Dios.

Cuando el dios útil deja de funcionar

En muchas personas hay la frágil idea de un Dios cuya principal función consiste en resolver nuestros problemas. Entonces mientras Dios sana, protege, provee, abre puertas y responde nuestras peticiones, nuestra relación con él parece confirmarse.

El problema comienza cuando Dios no hace aquello que esperábamos de él. Entonces aparece una pregunta dolorosa: ¿para qué sirve creer? Y precisamente ahí es donde descubrimos el problema. Dios no puede reducirse a aquello para lo que nos sirve.

Sí en lo que creemos es en un dios utilitario, nuestra fe depende de que Dios cumpla determinadas funciones, entonces terminamos convirtiendo nuestra relación con Él en una transacción: nosotros creemos, oramos y procuramos comportarnos correctamente, mientras Dios, a cambio, protege, sana, provee y resuelve.

Eso puede parecer fe, pero corre el riesgo de convertirse en otra cosa. El teólogo belga Adolphe Gesché advertía sobre el peligro de construir un «Dios útil»: un Dios elaborado según nuestras necesidades y expectativas. Pero ese dios inevitablemente terminará decepcionándonos.

Un dios terminará de decepcionándonos no porque Dios haya desaparecido, sino porque la vida terminará demostrando que Dios no funciona como nosotros habíamos imaginado. Y entonces puede comenzar una crisis.

Pero una crisis de nuestra imagen de Dios no necesariamente tiene que convertirse en el final de nuestra relación con Él, sino que puede convertirse en el principio de algo nuevo.

Antes de preguntar si Dios existe

Estamos acostumbrados a pensar que la gran discusión ocurre entre dos preguntas: “¿Dios existe?” o “¿Dios no existe?”.  Pero quizá hay una pregunta anterior: ¿Quién es Dios?

Porque podemos pasar años defendiendo la existencia de un Dios que nosotros mismos hemos construido, y sin proponérnoslo llegamos a la idea del filósofo alemán Ludwig Feuerbach de crear el dios que queremos, a nuestro gusto y necesidad.

Incluso puede ocurrir que una persona piense que ha dejado de creer en Dios, cuando en realidad lo que ha rechazado es una determinada imagen de Dios que tampoco corresponde al Dios que encontramos en el Evangelio.

Alguien puede decir: “No puedo creer en un Dios que manda enfermedades para castigarnos”.

Y quizá nuestra primera respuesta no tendría que ser defender a Dios. En su lugar podríamos responder: “Yo tampoco creo en ese Dios”.

Alguien puede decir: «No creo en un Dios que deja morir a un niño porque sus padres no tuvieron suficiente fe”. Nosotros tampoco tendríamos por qué creer en él.

También podría alguien decir: “No creo en un Dios que hace ricos a los le dan dinero al pastor”. Nuestra respuesta debería ser “yo tampoco”.

“No creo en un Dios que protege solamente a quienes pertenecen a determinada iglesia”. —nuestra respuesta: Tampoco yo.

“No creo en un Dios que está esperando que cometamos un error para castigarnos”. —nuestra respuesta: Tampoco yo.

Entonces sucede algo sorprendente. La conversación deja de ser una batalla entre creyentes e incrédulos y se convierte en una búsqueda compartida: Si Dios no es eso, entonces ¿quién es?

Para un cristiano existe un lugar privilegiado donde comenzar a responder: Jesús. Si quieres saber cómo es Dios, mira a Jesús. Una de las afirmaciones más profundas del Evangelio aparece cuando Felipe le pide a Jesús: “Señor, muéstranos el Padre”. Jesús responde: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Pero quizá hemos leído tantas veces estas palabras que hemos perdido la dimensión de lo que significan.

Jesús está diciéndonos dónde mirar cuando queremos comprender a Dios. No tenemos que comenzar imaginando cómo debe comportarse un ser todopoderoso para después intentar acomodar a Jesús dentro de nuestra definición.

Podemos hacer exactamente lo contrario. Miremos a Jesús y desde Jesús aprendemos quién es Dios. ¿Queremos saber cómo mira Dios al pecador? Miremos cómo Jesús se acerca a quienes todos despreciaban. ¿Queremos saber qué siente Dios frente al sufrimiento? Miremos a Jesús frente al enfermo, al hambriento, a la viuda, al ciego, al leproso y a quienes lloran.

¿Queremos saber quién importa para Dios? Observemos quiénes ocupan el tiempo de Jesús ¿Queremos saber cómo entiende Dios el poder? Miremos a Jesús arrodillándose para lavar los pies de sus discípulos. ¿Queremos saber qué hace Dios con quien se ha perdido? Escuchemos a Jesús hablar de un pastor que busca una oveja, de una mujer que busca una moneda y de un padre que corre hacia el hijo que regresa.

Entonces comienza a aparecer otro rostro de Dios. 

Volver a Jesús para volver a mirar a Dios

Quizá uno de los grandes problemas de nuestra vida cristiana aparece cuando sabemos muchas cosas acerca de Dios pero hemos dejado de mirar a Jesús. Por ejemplo hablamos de omnipotencia, soberanía, juicio, bendición, castigo, propósito, elección y providencia. Todas esas son palabras importantes, pero ninguna debería permitirnos construir un Dios diferente del que encontramos en Jesús.

Porque para el cristiano Jesús no es solamente alguien que habla acerca de Dios sino que nos muestra cómo es Dios. Por eso volver a Jesús también significa revisar nuestras imágenes de Dios. Algunas tendrán que fortalecerse, otras tendrán que profundizarse y otras quizá tendrán que desaparecer.

Puede resultar doloroso descubrir que determinadas ideas de Dios, que durante años consideramos parte fundamental de nuestra fe, provenían más de nuestros miedos, de nuestra cultura o de nuestras necesidades, que del Evangelio.

Pero perder una falsa imagen de Dios no significa perder a Dios, pues a veces ocurre exactamente lo contrario. 

Tal vez aquella crisis de fe no fue el final

Quizá alguien dejó de creer porque pidió desesperadamente un milagro que nunca llegó. O quizá porque le dijeron que Dios tenía un plan para una tragedia que todavía hoy le resulta incomprensible haber vivido. Quizá porque durante años escuchó que si tenía suficiente fe todo saldría bien y descubrió dolorosamente que la vida no funciona así. Quizá porque le mostraron una biblia llena de amenazas y con muy poca misericordia. O quizá porque la imagen de Dios que recibió terminó siendo imposible de reconciliar con la vida.

Si alguien nos comparte esa experiencia que le alejó de Dios, no deberíamos apresurarnos a juzgar esa experiencia. Tal vez tampoco deberíamos comenzar intentando reconstruir inmediatamente lo que se derrumbó. Porque puede ser que algunas cosas necesitaran derrumbarse.

Hay crisis de fe que destruyen la fe. Pero también existen crisis que destruyen nuestras caricaturas de Dios. Y después de ellas puede aparecer una pregunta nueva, más humilde y quizá más verdadera: Dios, entonces, ¿quién eres?

Para el cristiano la respuesta comienza nuevamente en el Evangelio, mirando a Jesús, escuchándolo, observando cómo trata a las personas, descubriendo qué le conmueve, viendo con quién se sienta a comer, comprendiendo qué denuncia y qué perdona, siguiendo sus pasos. 

Quizá entonces descubramos algo sorprendente: que el Dios que habíamos perdido no era necesariamente el Dios que Jesús quería mostrarnos. Y aquello que parecía el final de nuestra fe puede convertirse en el comienzo de una búsqueda mucho más profunda.

Porque tal vez algunas personas no necesitan que las convenzamos de volver a creer en Dios.

Necesitan descubrir que el Dios en quien dejaron de creer no se parece al Dios que Jesús vino a mostrarnos.

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