Dios inspiró a hombres que no dejaron de pensar, ordenar, interpretar y escribir
Quienes hemos leído los cuatro Evangelios alguna vez hemos notado algo evidente: no cuentan exactamente las mismas cosas ni siempre las cuentan de la misma manera.
Marcos es breve y dinámico. Mateo contiene grandes enseñanzas de Jesús y numerosas referencias a las Escrituras. Lucas desarrolla escenas y personajes que los demás no mencionan. Y Juan parece llevarnos a otro nivel: sus largos discursos, sus signos y expresiones como «Yo soy el pan de vida», «Yo soy la luz del mundo» o «Yo soy el buen pastor» nos introducen en una profunda reflexión sobre quién es Jesús.
¿Cómo explicar esas diferencias? A veces hemos escuchado una comparación sencilla: cuatro personas presencian un mismo acontecimiento y posteriormente cada una cuenta lo que vio desde su propia perspectiva. Ninguna necesariamente miente; simplemente cada una recuerda detalles diferentes.
La comparación puede ayudarnos inicialmente, pero probablemente los Evangelios surgieron mediante un proceso bastante más interesante.
La genial idea de contar la historia de Jesús
Antes de que existieran los Evangelios tal como los conocemos, los primeros cristianos ya hablaban de Jesús. Recordaban sus palabras, repetían sus parábolas, contaban sus milagros, narraban sus visitas a los enfermos, su encuentro con pecadores, sus diálogos con sus discípulos y sus discusiones con sus adversarios. Transmitían la memoria de su muerte y proclamaban su resurrección.
Esas tradiciones orales circularon durante años entre las primeras comunidades cristianas, hasta que alguien tuvo una idea extraordinaria. Marcos tomó aquellos materiales y construyó con ellos un relato.
Nos presentó a Jesús comenzando su ministerio, llamando discípulos, anunciando el Reino de Dios, enseñando, sanando, enfrentándose con quienes lo cuestionaban y avanzando finalmente hacia Jerusalén, donde tendría lugar su pasión.
Hoy leer el relato de Marcos puede parecernos completamente natural. Estamos acostumbrados a abrir el Nuevo Testamento y encontrar incluso allí cuatro Evangelios.Pero alguien tuvo que hacerlo por primera vez. Y, hasta donde podemos reconstruir históricamente, ese primero fue Marcos.
No inventó la palabra “evangelio”. Esa ya existía siglos atrás, ni inventó las historias sobre Jesús, pues ya circulaban desde hace décadas. Su genialidad consistió en algo diferente: tomó las tradiciones sobre Jesús y las convirtió en una historia que podía recorrerse de principio a fin.
Mateo comprendió que no todos los lectores eran iguales
Después apareció Mateo y ocurrió algo igualmente interesante. Mateo conoció el modelo de Marcos, pero no se limitó a copiarlo. Comprendió que su comunidad tenía determinadas preguntas, necesidades y referencias culturales.
Sus lectores estaban profundamente vinculados al mundo judío. Por eso encontramos constantemente expresiones como: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta”.
Mateo establece conexiones entre Jesús y las Escrituras de Israel una y otra vez. Además organiza una gran cantidad de enseñanzas de Jesús en extensos discursos.
Es como si hubiera comprendido: “La historia que Marcos contó es extraordinaria, pero yo necesito contarla para mi comunidad”, y entonces la adaptó.
Lucas hizo lo mismo
Lucas comienza su Evangelio de una manera particularmente reveladora. Explica que muchos habían intentado narrar los acontecimientos relacionados con Jesús y que él mismo había investigado cuidadosamente para escribirlos ordenadamente.
No nos presenta la imagen de alguien que simplemente se sienta a recordar lo que vio. Nos presenta la imagen de un autor que investiga, recibe tradiciones y organiza materiales.
Además, Lucas tiene una sensibilidad propia. En su Evangelio encontramos un énfasis especial en los pobres, las mujeres, los extranjeros, los pecadores y quienes permanecían en los márgenes de la sociedad.
Algunas de las historias más conocidas del cristianismo solamente las encontramos allí. El buen samaritano, el hijo pródigo, Zaqueo, los discípulos de Emaús. Lucas no solamente está transmitiendo información sobre Jesús. Está ayudando a su comunidad a comprenderlo.
Y entonces llegó Juan
Cuando llegamos al cuarto Evangelio encontramos algo diferente. Juan también recoge la tradición sobre Jesús, pero su interés parece ir más allá de narrar lo que hizo y enseñó. Quiere conducir al lector hacia una pregunta más profunda: ¿quién es realmente este Jesús?
Por eso su Evangelio adquiere desde el principio una dimensión teológica mucho más marcada. Juan no comienza con el nacimiento de Jesús ni con el inicio de su predicación en Galilea, sino que lleva nuestra mirada mucho más atrás: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Antes de empezar a contarnos lo que Jesús hizo, nos propone una clave desde la cual comprender toda su vida: Jesús existe desde el principio, no desde que nació.
A partir de ahí, los acontecimientos adquieren una profundidad particular. Los milagros no son solamente hechos extraordinarios: Juan los presenta como “signos”, acontecimientos que apuntan hacia una realidad mayor y ayudan a descubrir quién es Jesús. De la misma manera, elementos cotidianos como el agua, el pan, la luz, el pastor o la vid se convierten en imágenes mediante las cuales desarrolla progresivamente esa identidad.
Juan sigue contando una historia, pero mientras la cuenta nos invita constantemente a mirar más allá de lo que sucede. El agua puede hablarnos de una vida nueva; el pan, de una vida que viene de Dios; la luz, de aquello que vence las tinieblas. Cada imagen abre una nueva profundidad.
Por eso, al leer a Juan, ya no solamente acompañamos a Jesús por los caminos de Galilea y Judea. Entramos en una prolongada reflexión sobre el significado de su persona. La narración permanece, pero se convierte al mismo tiempo en una profunda meditación teológica sobre Jesús.
Entonces, ¿por qué son diferentes los Evangelios?
No simplemente porque cuatro personas hayan observado un mismo acontecimiento desde cuatro lugares diferentes. De hecho, esa interpretación de las diferencias es más bien inexacta. Los evangelios son diferentes porque cada evangelista realizó una verdadera obra de composición, interpretación y comunicación.
Marcos construyó una narración. Mateo la desarrolló pensando especialmente en su comunidad. Lucas organizó las tradiciones desde otra sensibilidad y para otros destinatarios. Juan profundizó extraordinariamente en el significado teológico de Jesús.
Los evangelistas seleccionaron, ordenaron, relacionaron, interpretaron, escribieron. Y precisamente aquí puede aparecer una inquietud para algunos cristianos: ¿Decir esto significa negar que los Evangelios fueron inspirados por Dios? No. Más bien todo lo contrario.
La inspiración no elimina la inteligencia humana
A veces podemos imaginar la inspiración bíblica como si Dios hubiera dictado palabras y los escritores simplemente las hubieran escrito. Pero no debemos entenderla de esa manera.
Podemos creer plenamente que Dios inspiró las Escrituras y reconocer simultáneamente que quienes las escribieron utilizaron toda su inteligencia, cultura, memoria, sensibilidad y capacidad literaria. Porque Dios no necesitaba apagar la mente de Marcos para inspirarlo. No necesitaba impedir que Mateo pensara en sus lectores. No necesitaba evitar que Lucas investigara. No necesitaba impedir que Juan reflexionara profundamente sobre Jesús.
De hecho, podemos comprender la inspiración precisamente en sentido contrario: Dios actuó también mediante esas capacidades humanas. Por eso no tenemos que escoger entre decir: “Juan hizo una extraordinaria reflexión teológica” o decir: “Juan fue inspirado por Dios”. Para la fe cristiana ambas afirmaciones pueden convivir perfectamente.
Juan pensó, interpretó y escribió. Y al mismo tiempo creemos que el Espíritu de Dios estuvo presente en ese proceso.
Cuatro Evangelios, un mismo Jesús
Quizá por eso tenemos cuatro Evangelios y no uno solo. Los primeros cristianos pudieron haber reunido las distintas tradiciones en una única narración que eliminara las diferencias y acomodara todos los acontecimientos en una sola historia. Sin embargo, las comunidades cristianas conservaron y transmitieron cuatro Evangelios, cada uno con su propia manera de presentar a Jesús.
Conservó cuatro voces. Marcos nos hace caminar detrás de Jesús. Mateo nos ayuda a escuchar sus enseñanzas. Lucas nos permite contemplar especialmente su cercanía con quienes estaban en los márgenes. Juan nos invita a penetrar profundamente en el misterio de su persona.
Ninguno vuelve innecesario al otro y quizá esa sea una de las mayores riquezas de nuestra Biblia. Los Evangelios son profundamente humanos: nacieron de comunidades, recuerdos, tradiciones, necesidades, preguntas, inteligencia y extraordinaria creatividad. Y precisamente allí, en medio de todo ese proceso humano, los cristianos reconocemos la inspiración de Dios.
No necesitamos disminuir la genialidad de los evangelistas para engrandecer a Dios. Podemos maravillarnos ante ambas cosas, porque tal vez una de las formas más hermosas en que Dios inspira al ser humano consiste precisamente en permitirle pensar, crear y encontrar nuevas maneras de contar a Jesús.