InicioTeología y RevelaciónCristología desde abajo y desde arriba: un diálogo necesario

Cristología desde abajo y desde arriba: un diálogo necesario

Acercarnos a la vida humana de Jesús y reconocer en él al Hijo de Dios son dos caminos que son necesarios para comprenderlo. Juntos nos ayudan a comprender mejor a quién seguimos y qué significa confiar en él.

Una persona abre los Evangelios y se conmueve al encontrar a Jesús junto a un enfermo. Otra lee el comienzo de Juan y se maravilla ante el Hijo eterno que se hace humano. Las dos se acercan a una misma pregunta: ¿quién es Jesús?

Quizá nosotros también hemos vivido esas dos experiencias. Algunas veces nos sentimos cerca de él porque conoce el cansancio y el dolor. Otras, encontramos esperanza al reconocer que quien nos acompaña es el Señor, en quien Dios viene a nuestro encuentro.

La teología llama a estos acercamientos «cristología desde abajo» y «cristología desde arriba». Las palabras pueden parecer difíciles, pero el tema pertenece a todo creyente. Cristología significa, sencillamente, reflexión sobre Jesucristo. Y «abajo» y «arriba» señalan dónde se hace esa reflexión. Veamos. 

La cristología desde abajo puede comenzar por los caminos de Galilea

La cristología desde abajo comienza por la vida humana de Jesús. Escuchamos lo que dice, observamos cómo trata a las personas y nos preguntamos por el sentido de sus acciones. Lo acompañamos en su oración, en sus conflictos, en su muerte y, a la luz del testimonio apostólico, lo acompañamos en su resurrección.

Pensemos en los discípulos. Compartieron con él comidas y caminatas, escucharon sus enseñanzas y vieron su cercanía con quienes sufrían. Su comprensión de Jesús fue creciendo entre preguntas, expectativas y desconciertos. Conocerlo no fue un proceso sencillo: incluso quienes estaban cerca de él tuvieron dificultades para comprender su camino hacia la cruz.

Está manera de acercarse a Jesús nos invita a prestar atención. Antes de apresurarnos a explicar un relato, podemos preguntarnos: ¿qué hace Jesús?, ¿a quién escucha?, ¿qué le duele?, ¿qué nos permite descubrir de su relación con el Padre?

Es así como podemos conocer algo fundamental: que su humanidad es verdadera. El cansancio junto al pozo de Samaria, las lágrimas ante la muerte de Lázaro y la angustia en Getsemaní pertenecen a su vida real (Juan 4:6; 11:35; Marcos 14:32-36).

Esto puede cambiar nuestra oración. Cuando nos pesa una pérdida o sentimos miedo, podemos acercarnos a alguien que conoce el sufrimiento desde dentro, en su propia carne. Hebreos relaciona precisamente su participación en nuestra condición y sus padecimientos con su capacidad de auxiliarnos (Hebreos 2:14-18). 

La Cristología desde arriba Comienza por el Hijo que viene del Padre

La cristología desde arriba comienza con la identidad divina de Jesús. Se pregunta qué significa que el Hijo eterno de Dios haya entrado en nuestra historia.

El comienzo del Evangelio de Juan expresa este movimiento: el Verbo estaba con Dios, era Dios y se hizo carne (Juan 1:1-14). La vida de Jesús tiene, por tanto, una profundidad que no se agota en lo que podría decirse de un maestro extraordinario.

Desde esta perspectiva, la encarnación significa que Dios ha tomado la iniciativa de acercarse a nosotros. El Hijo comparte nuestra vida, nuestras limitaciones humanas y nuestra vulnerabilidad, pero sin pecado.

El amor del Hijo nos revela el amor del Padre. Su cercanía con los despreciados nos ayuda a conocer cómo mira Dios a las personas. Podemos confiar en él porque, en su vida, Dios mismo se da a conocer.

Por eso importa tanto quién es Jesús. Si fuera solamente un ejemplo admirable, podríamos aprender de él. Sí nos quedamos solo con el Jesús desde abajo corremos el riesgo de verlo como un líder moral que guía nuestra conducta. En cambio al reconocerlo como el Jesús desde arriba, vemos al Hijo de Dios hecho humano, confesamos además que en Él, Dios actúa para salvarnos y reconciliarnos consigo.

Dos caminos hacia el mismo Jesús

Estas perspectivas son maneras de estudiar y comprender a Jesús; no son dos clases de Jesús ni dos grupos entre los que debamos elegir. Tampoco conviene repartir los Evangelios en compartimentos rígidos. No podemos decir “yo me quedo con el Jesús histórico y tú con el Jesús divino”, porque los dos caminos con sus acentos propios, anuncian a Jesucristo, y Jesús no puede ser comprendido con sólo una perspectiva. Cómo dijimos al principio los dos caminos son necesarios para conocer a Jesús.

El pasaje de Filipenses 2:5-11 reúne ambos movimientos. Habla de Cristo en su condición divina, de su entrega al asumir la condición de siervo, de su obediencia hasta la cruz y de su exaltación. El que se humilla y el que es confesado como Señor es el mismo.

Aquí está el centro de la fe cristiana: Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente humano. Su divinidad no vuelve aparente su humanidad; su humanidad no reduce su identidad a la de un hombre excepcional.

Esta convicción nace del testimonio bíblico. Juan anuncia que el Verbo era Dios y se hizo carne (Juan 1:1, 14). Hebreos presenta a Jesús como alguien que comparte nuestra condición, conoce nuestras pruebas y permanece sin pecado (Hebreos 2:14-18; 4:15). Ambos testimonios nos ayudan a mantener juntas las dos afirmaciones: quien viene a salvarnos es el Hijo de Dios, y su vida humana es tan real como la nuestra.

Qué pasa si perdemos de vista uno de los dos

Podemos hablar tanto del poder de Cristo que terminemos leyendo su vida como si nada le hubiera costado, como si no hubiera temido a la cruz, como si los clavos no hubieran dolido, como si no se hubiera cansado o si nada le hubiera hecho sufrir. La angustia de Jesús en Getsemaní nos ayuda a comprender esto. Perder de vista su humanidad hace que su obediencia pierde hondura, sus lágrimas parecen pasajeras y su sufrimiento queda lejos del nuestro.

Ver solo humano a Jesús nos puede llevar a admirar su generosidad y su valentía hasta dejar de preguntarnos por su identidad. Jesús se convierte entonces en un personaje del pasado cuyas enseñanzas apreciamos, pero a quien ya no dirigimos nuestra oración ni confiamos nuestra vida.

Los dos acercamientos se ayudan a mantener una mirada más completa. Contemplar al Hijo de Dios nos lleva a tomar en serio la vida humana que asumió. Recorrer su historia nos conduce a preguntarnos por el misterio de su persona.

Y esto tiene consecuencias muy concretas. Si el Señor se acercó al sufrimiento humano, seguirlo nos compromete a acercarnos también. Si aquel que sirve es el Hijo de Dios, el servicio adquiere una dignidad que nuestras ambiciones suelen olvidar. Entonces decir que ya Jesús sufrió por nosotros y no tenemos por qué sufrir, es alejarnos del espíritu cristiano que nos lleva al sacrificio, a la donación por el prójimo. 

Leer para conocerlo y seguirlo

Podemos comenzar con algo sencillo: leer despacio en la Biblia un encuentro de Jesús con una persona. Detenernos en sus palabras, sus gestos y su manera de escuchar. Después, preguntarnos qué nos revela ese encuentro acerca de Dios y qué invita a cambiar en nosotros.

La profundidad teológica también crece así: prestando atención, haciendo preguntas y dejando que la Escritura ensanche nuestra comprensión.

Conocer a Jesús es una tarea que dura toda la vida. Necesitamos acompañarlo por los caminos de Galilea y reconocer en él al Hijo que viene del Padre. Al mantener juntas ambas miradas, descubrimos con mayor hondura a aquel que conoce nuestra fragilidad y en quien podemos poner nuestra esperanza.

RELATED ARTICLES

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Most Popular

Recent Comments