Hay iglesias que llevan años en una colonia. Sus cultos son fieles, sus miembros perseveran y cada semana se abren las puertas para adorar a Dios. Sin embargo, ocurre algo inquietante: muchas personas del entorno apenas saben que ahí estamos.
No se trata solamente de un problema de visibilidad. Es algo más profundo. En ocasiones la iglesia está físicamente presente, pero socialmente ausente.
En América Latina existe una realidad particular. Muchas congregaciones evangélicas nacieron y crecieron en comunidades de fuerte tradición católica. A veces, en lugar de buscar una convivencia respetuosa, terminamos construyendo una especie de frontera invisible. Nos reunimos entre nosotros, hablamos entre nosotros y servimos principalmente a quienes ya forman parte de la congregación.
Sin proponérnoslo, podemos llegar a vivir como una comunidad aislada dentro de otra comunidad. Pero Jesús hizo exactamente lo contrario.
Cuando encontró a la mujer samaritana junto al pozo, cruzó una barrera religiosa, cultural y social. Cuando contó la parábola del buen samaritano, eligió como ejemplo de amor al prójimo precisamente a alguien que muchos de sus oyentes consideraban un extraño. Jesús nunca confundió fidelidad doctrinal con aislamiento humano.
La iglesia está llamada a ser luz del mundo. Y la luz no se esconde para protegerse de la oscuridad; se coloca donde pueda iluminar.
Quizá por eso deberíamos preguntarnos: ¿conocemos a nuestros vecinos? ¿Participamos en las necesidades de nuestra colonia? ¿Nos ven como personas que aman y sirven o solamente como un grupo que se reúne detrás de una puerta cerrada?
El aislamiento tiene otra consecuencia. Cuando una iglesia se relaciona únicamente consigo misma, termina dependiendo del descontento de otros para crecer. Muchas congregaciones reciben personas que llegan heridas o desatendidas de otras iglesias, especialmente de parroquias católicas. Sin embargo, el crecimiento saludable del Reino de Dios no debería basarse principalmente en el traslado de creyentes de una congregación a otra, sino en el testimonio que acerca a Cristo a quienes todavía están lejos de Él.
Además, el fuerte antiecumenismo que existe en algunos sectores evangélicos puede profundizar la distancia con el resto de la comunidad cristiana. Defender las propias convicciones no exige levantar muros de hostilidad. Jesús nos llamó a amar incluso a quienes piensan distinto.
Una iglesia visible no es necesariamente la que tiene el edificio más grande o la mejor estrategia digital. Es la que la comunidad reconoce por su servicio, su compasión y su presencia.
Cuando una colonia atraviesa una necesidad, debería pensar naturalmente en la iglesia. Cuando una familia enfrenta una crisis, debería saber que allí encontrará personas dispuestas a escuchar. Cuando los vecinos hablen de los cristianos, deberían recordar rostros conocidos, no solamente un templo, local o auditorio
La pregunta no es si la iglesia está en la comunidad. La pregunta es si la comunidad siente que la iglesia camina con ella.