InicioSagradas EscriturasEl Reino de Dios: un mensaje muy repetido y poco comprendido

El Reino de Dios: un mensaje muy repetido y poco comprendido

Durante dos mil años, los cristianos hemos conservado con fidelidad una expresión que aparece una y otra vez en los labios de Jesús: el Reino de Dios. Los evangelios sinópticos coinciden en presentarlo como el eje de su predicación. Marcos resume el comienzo de su ministerio con estas palabras: «El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15). Mateo y Lucas desarrollan esa misma proclamación desde distintos ángulos, pero sin cambiar su centro.

Sin embargo, vale la pena detenernos un momento y hacernos una pregunta que nos puede incomodar: ¿entendemos hoy lo que Jesús quiso decir cuando hablaba del Reino de Dios?

La mayoría de los cristianos hemos escuchado esa expresión desde niños. la repetimos en las prédicas, los estudios bíblicos y nuestras conversaciones de fe. Pero si pidiéramos a cien creyentes que la explicaran, probablemente encontraríamos respuestas muy distintas. Algunos pensarían en el cielo; otros, en la Iglesia; otros, en la vida eterna; otros, en el gobierno de Dios sobre el mundo o sobre el corazón humano. La diversidad de respuestas nos muestra que estamos ante una expresión familiar, pero no necesariamente comprendida.

Pero quizá el problema no es que Jesús habló de algo difícil de comprender, sino que nosotros escuchamos sus palabras desde un mundo muy diferente al de quienes las oyeron por primera vez.

Con frecuencia comenzamos la lectura de los Evangelios preguntándonos: ¿Qué me quiere decir Dios con este pasaje? La intención es buena y nace del deseo sincero de alimentar la vida espiritual. Sin embargo, esa pregunta, cuando se formula así desde el inicio, puede llevarnos a pasar por alto algo fundamental: antes de preguntarnos qué nos dice hoy la Palabra de Dios, conviene descubrir qué estaba diciendo en el siglo I a los que lo escuchaban.

En otras palabras, antes de interpretar a Jesús desde nuestras actuales categorías, necesitamos intentar escucharlo con los oídos de quienes lo escucharon por primera vez.

Esta no es una observación menor. Es toda una metodología hermenéutica que busca recuperar el sentido original del mensaje de Jesús. Es una forma de acercarnos al Evangelio con humildad. Significa reconocer que Jesús habló en una cultura concreta, a personas concretas, utilizando palabras que ellas comprendían de manera natural. Si ignoramos ese punto de partida, corremos el riesgo de llenar sus palabras con significados que pertenecen más a nuestro tiempo que al suyo.

Un reconocido estudioso del cristianismo primitivo, Antonio Piñero, ha señalado que Jesús nunca explicó qué era el Reino de Dios porque no tenía necesidad de hacerlo. Sus oyentes ya conocían esa expresión, del mismo modo que hoy un político puede hablar de “democracia” sin detenerse a definir el término. Quienes lo escuchan comparten, al menos en términos generales, el significado de esa palabra.

Algo semejante ocurría en la Galilea del siglo I. Para un judío de aquella época, hablar del Reino de Dios no significaba pensar simplemente en un territorio gobernado por un rey. Era una forma de expresar la esperanza de que Dios intervendría decisivamente en la historia para hacer justicia, vencer el mal, restaurar a su pueblo y manifestar plenamente su autoridad. Esa esperanza estaba profundamente arraigada en las Escrituras, en la oración y en la vida religiosa de Israel.

Por eso Jesús no comienza definiendo el Reino, sino que comienza anunciándolo. Y tampoco dedica sus esfuerzos a ofrecer una definición conceptual. En cambio, hace algo mucho más interesante: muestra cómo actúa ese Reino.

Cuando leemos las parábolas descubrimos un detalle que suele pasar inadvertido. Jesús no dice: “El Reino de Dios es…”. Lo que sí dice una y otra vez es: “El Reino de Dios se parece a…”

La diferencia es importante porque las parábolas no pretenden encerrar el Reino en una definición. Jesús no define el Reino, sino que lo acerca al pueblo mediante comparaciones. Una vez es como una semilla de mostaza que comienza siendo pequeña y termina creciendo más de lo esperado. Otra vez es como la levadura que transforma toda la masa. En otra ocasión se parece a un tesoro escondido o a una perla de gran valor. Ninguna de esas imágenes explica exhaustivamente qué es el Reino; pero sí iluminan un aspecto de su realidad.

Los primeros oyentes no necesitaban que Jesús les explicara qué significaba hablar del Reino de Dios. Eso lo sabían. Saberlo era parte de la cultura religiosa el siglo I. Lo que necesitaban era descubrir que ese Reino era muy distinto de lo que muchos imaginaban. Por eso Jesús corrige expectativas, sorprende con sus parábolas y, sobre todo, hace visible el Reino mediante sus acciones.

Cuando perdona al pecador, el Reino se hace presente. Cuando toca al leproso, el Reino se hace visible. Cuando recibe al despreciado, el Reino se hace cercano. Cuando enseña a amar incluso a los enemigos, el Reino adquiere un rostro. Las palabras y los gestos de Jesús forman una sola proclamación.

Nosotros, en cambio, nos encontramos en una situación diferente. Ya no compartimos espontáneamente el horizonte cultural de Israel. Por eso, antes de preguntarnos qué significa el Reino de Dios para el cristiano del siglo XXI, quizá debamos hacer una pregunta previa: ¿qué entendía un judío del siglo I cuando escuchó por primera vez a Jesús anunciar que el Reino de Dios se había acercado? Solo entonces estaremos en condiciones de comprender la novedad que Jesús introdujo.

Tal vez una de las tareas más importantes de la Iglesia en nuestro tiempo no consista en buscar expresiones nuevas para sustituir las palabras de Jesús. Quizá ni siquiera tenga sentido hablar de “gobierno de Dios” en lugar de “Reino de Dios”. El lenguaje de Jesús sigue teniendo una fuerza extraordinaria. El verdadero desafío es recuperar el significado que esas palabras tenían para quienes las escucharon originalmente.

La fidelidad al Evangelio no consiste únicamente en conservar las mismas expresiones que utilizó Jesús. Consiste también en comprender lo que significaban cuando fueron pronunciadas. 

Quizá el primer paso para comprender el mensaje de Jesús no sea buscar nuevas maneras de decir “Reino de Dios”, sino descubrir qué escucharon quienes oyeron por primera vez esas palabras. Solo entonces podremos comprender con mayor fidelidad qué sigue anunciando hoy Jesús cuando proclama que el Reino de Dios se ha acercado. 

Comprender el significado que el Reino de Dios tenía para los primeros oyentes de Jesús no es el punto de llegada, sino el punto de partida. Solo cuando descubrimos qué quiso comunicar Jesús a quienes lo escuchaban podemos preguntarnos, con fidelidad al Evangelio, qué sigue anunciando hoy ese mismo Reino a nuestra generación.

RELATED ARTICLES

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Most Popular

Recent Comments