Las redes sociales dejaron de ser una novedad tecnológica. Para millones de personas forman parte de la vida cotidiana: allí conversamos, nos informamos, compartimos fotografías, expresamos opiniones, mantenemos amistades, discutimos, nos alegramos por otros y también nos enojamos.
Los cristianos estamos allí también y quizá por eso la pregunta ya no debería ser si un cristiano debe utilizar las redes sociales sino ¿cómo vivimos nuestra fe cuando estamos en ellas?
Nuestra vida cristiana no comienza cuando entramos a las reuniones ni termina cuando salimos de ellas. Seguimos siendo discípulos de Jesús cuando estamos en casa, cuando trabajamos, cuando conversamos con nuestros amigos y, por supuesto, cuando tenemos un teléfono en las manos.
Un nuevo espacio para las relaciones humanas
Durante mucho tiempo pensamos en internet como un medio de comunicación. Hoy esa definición resulta insuficiente. Las redes se han convertido también en lugares de convivencia. Una persona puede mantener contacto diario con familiares que viven lejos, reencontrarse con antiguos amigos, acompañar a alguien que atraviesa una dificultad, compartir una reflexión bíblica, participar en una comunidad cristiana o simplemente preguntar a otra persona cómo se encuentra.
Eso tiene un enorme valor, pues nunca habíamos tenido tantas posibilidades para comunicarnos con tantas personas y a tanta distancia. Pero precisamente porque allí existen relaciones humanas, también allí aparecen las mismas virtudes y debilidades que encontramos fuera de internet: generosidad, amistad, solidaridad y consuelo, pero también orgullo, mentira, agresividad, envidia, humillación y desprecio.
El desarrollo tecnológico la cambiado el medio, pero el corazón humano sigue siendo el mismo. Por eso las redes sociales constituyen también un espacio donde nuestra fe es puesta a prueba.
El cristiano no tiene dos vidas
Existe una tentación particularmente peligrosa: comportarnos en internet de una manera que difícilmente tendríamos en una conversación frente a frente, de tal manera que podemos compartir una reflexión sobre el amor de Dios por la mañana y unas horas después insultar a alguien porque piensa diferente. De la misma manera podemos publicar un versículo sobre la paz y participar después en una cadena de burlas contra una persona.
Las redes sociales se prestan para que podamos difundir una información que no sabemos si es realmente cierta, por ejemplo podemos hablar de política sin verificar si la información es verídica. Incluso podemos defender valores cristianos utilizando palabras que lastiman, humillan o desprecian.
Pero ¿Puede nuestra conducta contradecir el Evangelio? Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Nuestros frutos no aparecen solamente en las actividades de la iglesia. También aparecen en nuestra manera de hablar, discutir, reaccionar y relacionarnos.
Hoy una parte de esos frutos queda escrita en un dispositivo electrónico.
Nuestro testimonio también se publica
Cuando una persona se identifica públicamente como cristiana, sus palabras adquieren inevitablemente una dimensión testimonial. No significa que tenga que convertir cada publicación en una predicación, pues el testimonio cristiano en las redes no consiste en llenar nuestro perfil de versículos, frases cristianas o llamados a la conversión. Todo eso puede tener su lugar, pero existe un testimonio quizá más profundo: la manera en que tratamos a los demás.
Pablo escribió: “Sea vuestra palabra siempre con gracia” (Colosenses 4:6). Entonces la recomendación de Pablo conserva toda su fuerza en el mundo digital. Podemos estar en desacuerdo sin humillar, podemos corregir sin destruir, podemos defender nuestras convicciones sin convertir al otro en enemigo.
De la misma manera podemos reconocer cuando nos equivocamos, podemos negarnos a compartir algo cuando desconocemos si es verdadero, podemos guardar silencio cuando sabemos que nuestras palabras solamente añadirán enojo. Eso también es testimonio cristiano.
La velocidad puede convertirse en enemiga
Las redes sociales tienen una característica que merece especial atención: nos invitan constantemente a reaccionar. Por ejemplo, una noticia provoca indignación, una publicación nos molesta, alguien critica algo que apreciamos, una persona escribe algo que consideramos absurdo. Y en esos casos tenemos la tentación frente a nosotros de reaccionar inmediatamente,
Pero la vida cristiana nos enseña algo muy diferente a la reacción inmediata. Santiago escribió: “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”. (Santiago 1:19). Resulta difícil encontrar un consejo más oportuno para nuestro tiempo, porque las redes nos dicen: responde ahora.
El Evangelio muchas veces nos invita a detenernos, mientras las redes premian la reacción.
La sabiduría cristiana nos pide discernimiento. No todo necesita nuestra opinión. No toda provocación merece respuesta. No toda discusión debe ganarse. A veces el comportamiento más cristiano frente a una publicación consiste simplemente en no participar en la confrontación.
También somos responsables de lo que compartimos
Hay otra dimensión menos evidente del testimonio cristiano: nuestra responsabilidad frente a la verdad. Compartir información falsa no deja de ser problemático solo porque coincide con nuestras opiniones.
Antes de difundir una acusación, una noticia escandalosa o una fotografía acompañada de una historia sorprendente, conviene preguntarnos si sabemos realmente que aquello es cierto.
El mandamiento contra el falso testimonio no desapareció con la llegada de internet. Incluso podemos participar en una mentira sin haberla inventado. Basta con ayudar a difundirla. Por eso verificar, desconfiar de los encabezados sensacionalistas y abstenernos de compartir aquello cuya autenticidad desconocemos no son solamente hábitos de responsabilidad digital. Para un cristiano pueden ser también expresiones de respeto por la verdad.
A veces, sin darnos cuenta, las redes comienzan a gobernarnos
Existe un problema todavía más profundo que lo que hasta aquí hemos mencionado. No solamente importa qué hacemos en las redes. También importa qué están haciendo las redes con nosotros.
Podemos acostumbrarnos a buscar aprobación constantemente. Podemos comenzar a medir nuestra importancia por el número de reacciones que recibimos. Podemos comparar nuestra vida con las fotografías de la vida de otros. Podemos sentir la necesidad de revisar continuamente el teléfono. Y así, casi sin advertirlo, algo que comenzó siendo una herramienta puede empezar a ocupar demasiado espacio en nuestra vida.
El cristiano necesita aprender también a preguntarse: ¿Esto me ayuda a relacionarme mejor con los demás?, ¿Me está robando tiempo que debería dedicar a mi familia?, ¿Me hace vivir permanentemente irritado?, ¿Me lleva a compararme con otros?, ¿Necesito constantemente ser visto, reconocido o aprobado?, ¿me es difícil guardar el teléfono y permanecer en silencio?
Por supuesto no se trata de condenar la tecnología. Se trata de conservar nuestra libertad frente a ella. Pablo lo expresó de una manera extraordinariamente sencilla: “Todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12).
Las redes también pueden acercarnos
Sería injusto hablar solamente de peligros. Las mismas herramientas que pueden alimentar confrontaciones pueden convertirse en extraordinarios instrumentos de cercanía. Por ejemplo podemos acompañar a quien está solo, podemos felicitar sinceramente, podemos escuchar, podemos compartir esperanza, podemos mantener vínculos que la distancia habría debilitado, podemos descubrir necesidades que antes permanecían invisibles.
Incluso un mensaje aparentemente pequeño —“¿cómo estás?”, “estoy pensando en ti”, “estoy orando por ti”— puede llegar a la otra persona en el momento en que alguien necesitaba saber que no estaba solo.
La cuestión, entonces, no consiste simplemente en determinar cuánto tiempo debe pasar un cristiano en Facebook, Instagram, TikTok, X, WhatsApp o cualquier otra plataforma.
La cuestión es qué clase de presencia cristiana estamos construyendo allí.
Antes de publicar en redes sociales…
Quizá podríamos adoptar una práctica muy sencilla. Antes de publicar, compartir o responder algo, podemos hacernos unas cuantas preguntas: ¿Es verdad?, ¿Es necesario?, ¿Estoy tratando al otro con dignidad?, ¿Lo diría de la misma manera si esa persona estuviera frente a mí?, ¿Lo que voy a escribir construye algo o solamente descarga mi enojo? Y para quienes nos identificamos públicamente como cristianos existe todavía una pregunta más: ¿Lo que estoy a punto de publicar ayuda a mostrar el Evangelio en el que creo o lo contradice? No siempre tendremos una respuesta perfecta.
También nos equivocaremos en internet. Alguna vez responderemos impulsivamente, compartiremos algo incorrecto o escribiremos palabras que después lamentaremos. Y entonces tendremos otra oportunidad profundamente cristiana: reconocerlo, corregirlo y, cuando sea necesario, pedir perdón.
También en redes sociales seguimos a Jesús
Tal vez el gran reto cristiano frente a las redes sociales no sea aprender a utilizarlas. Eso lo hemos aprendido rápidamente. El verdadero reto consiste en aprender a seguir siendo discípulos de Jesús dentro de ellas. Porque detrás de cada perfil existe una persona. Detrás de cada comentario existe una persona. Detrás de cada discusión existe una persona.
Aquella antigua enseñanza de Jesús continúa siendo sorprendentemente actual: “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).
Jesús pronunció esas palabras muchos siglos antes de que existieran internet, teléfonos inteligentes o redes sociales. Pero quizá pocas enseñanzas podrían ayudarnos tanto a utilizarlos.
La tecnología seguirá cambiando. Aparecerán nuevas plataformas y desaparecerán otras. Cambiarán nuestros hábitos y nuestras formas de comunicarnos. Pero el desafío cristiano seguirá siendo esencialmente el mismo: amar al prójimo también cuando el prójimo está al otro lado de una pantalla.