El capítulo 20 del libro de Jeremías cuenta lo que ocurre cuando un profeta es castigado por anunciar un mensaje que incomoda a una autoridad religiosa. El sacerdote Pasur lo golpea y lo coloca en el cepo, un instrumento que lo mantiene inmovilizado. En medio del maltrato, las burlas y las amenazas, Jeremías confía en que Dios lo defenderá.
En su lamento, Jeremías expresa la confianza de que sus perseguidores serán avergonzados y pide a Dios presenciar su castigo. Estamos escuchando la voz del profeta que sufre, pero su confianza y su petición no deben confundirse con una promesa general de Dios de humillar a nuestros enemigos.
“Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada. Oh Jehová de los ejércitos, que pruebas a los justos, que ves los pensamientos y el corazón, vea yo tu venganza de ellos; porque a ti he encomendado mi causa”. Jeremías 20:11-12.
Quienes seguimos a Jesús conocemos la enseñanza de amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen. La dificultad aparece al poner ambos pasajes uno junto al otro. ¿Cómo comprendemos, dentro de la misma Biblia, el deseo de ver humillado al perseguidor y, al lado, el mandato de buscar su bien? ¿Qué nos enseñan acerca de Dios y de nuestra manera de responder al daño?
Estamos ante una cuestión teológica que toca nuestra vida cotidiana: qué esperamos de Dios cuando alguien nos hiere y qué deseamos para esa persona. Abordar la pregunta exige honestidad intelectual y teológica. Necesitamos leer con cuidado, reconocer lo que cada pasaje dice y admitir la dificultad, sin forzar una explicación para que parezca que dice lo que no dice. Nuestra confianza en las Escrituras puede expresarse también en la disposición a hacerles preguntas serias.
Desde nuestra fe cristiana, proponemos comprender el clamor de Jeremías a la luz de Jesús, en quien reconocemos la plenitud de la revelación de Dios. Esto requiere escuchar el dolor del profeta y examinar cómo la enseñanza de Cristo orienta nuestra propia respuesta al sufrimiento y al enemigo.
El dolor de Jeremías tiene responsables
Jeremías no habla de dificultades imaginarias. El sacerdote Pasur lo golpea y lo coloca en el cepo. Otros buscan denunciarlo y esperan su caída. El profeta enfrenta una persecución concreta por su misión, y su oración nace de esa experiencia.
En el capítulo 20 debemos distinguir el anuncio de juicio contra Pasur y Judá del lamento personal del profeta. Cuando Jeremías pide “vea yo tu venganza de ellos” (20:12), no expresa una promesa de Dios, expresa más bien su deseo ante Dios. Entonces Jeremías 20 no significa que debamos buscar la humillación de nuestros adversarios, significa más el dolor que Jeremías siente.
Su clamor tampoco significa que Dios castigará a cualquiera que discrepe de nosotros. La fidelidad de Jeremías no convierte automáticamente nuestras disputas en luchas entre un justo y sus perseguidores.
A veces trasladamos estos pasajes de la desesperación de Jeremías a nuestra desesperación por el desempleo, las deudas o la enfermedad. Podemos encontrar en ellos aliento para confiar en Dios, pero esas circunstancias no son las personas de las que habla el profeta. La semejanza está en el sufrimiento y la necesidad de ayuda, pero confundir ambas cosas puede acostumbrarnos a vivir sintiéndonos atacados por todas partes.
En Jesús encontramos la plenitud
La petición de Jeremías es dura: desea presenciar el castigo de quienes lo persiguen, pero comprender su dolor no nos obliga a hacer de ese deseo el modelo de nuestra oración.
Jesús nos conduce hacia una respuesta que transforma nuestra relación con el enemigo. Su mandato de amarlo no niega el daño recibido, pero nos llama a procurar su bien aun cuando debamos resistir sus acciones: “Oyeron que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amad a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los aborrecen, y oren por los que los ultrajan y los persiguen” (Mateo 5:43-48).
Como cristianos, reconocemos aquí una plenitud, sin borrar la diferencia entre ambos pasajes. Jeremías encomienda su causa a Dios; Jesús nos enseña a hacerlo sin convertir la destrucción del otro en nuestra esperanza.
Esto tampoco significa que el Antiguo Testamento solo conozca el castigo. Proverbios 25:21 ya enseña a alimentar al enemigo hambriento. La misericordia está presente en las Escrituras, y Jesús la coloca en el centro de nuestra vida, incluso frente a quienes nos hacen daño.
Amar también exige detener el mal
Amar al enemigo no significa quedar desprotegidos ante el agresor, callar una agresión o renunciar a exigir responsabilidades. Es legítimo denunciar, establecer límites y procurar reparación, porque desear el bien del agresor incluye desear que deje de agredir, reconozca el daño y se arrepienta.
Pablo reúne esas exigencias: nos pide renunciar a la venganza personal, confiar el juicio a Dios y atender las necesidades del enemigo.
No paguen a nadie mal por mal; procuren lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, estén en paz con todos los hombres. No se venguen ustedes mismos, sino dejen lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal. (Romanos 12:17-21).
Aquí aprendemos que la justicia no desaparece, pero nuestra respuesta deja de estar gobernada por la represalia.
La reconciliación requiere verdad y disposición de ambas partes. No siempre podemos conseguirla, pero sí podemos trabajar para que nuestra voluntad de justicia no se convierta en deseo de crueldad.
Podemos llevar ante Dios nuestra rabia, como Jeremías llevó la suya, y al mismo tiempo, siguiendo a Jesús, permitimos que Dios transforme lo que deseamos para quien nos hirió.
Nuestra oración puede pedir que termine la violencia, que las víctimas sean protegidas y que se haga justicia. Puede pedir también el arrepentimiento del responsable.
En Cristo aprendemos a confiar nuestra causa a Dios y a defender el bien sin necesitar la humillación del enemigo para sentirnos sostenidos por él.