lunes, junio 17, 2024
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La sociedad, las iglesias y las familias tienen la misión de brindar acompañamiento a sus ancianos

La sociedad debe tomar conciencia, cada día más, de la necesidad de festejar a aquellos a los que el Señor les ha dado el don de una larga vida y reconocer, principalmente en las familias, el valor y dignidad de los ancianos.

En la sociedad, el ser anciano muchas veces es ir a contracorriente; ser anciano hoy es caminar sin esperanza y sin ánimos de levantar la mirada hacia el futuro; es ser víctima de la cultura del descarte o de una “enfermedad” a la que muchos tienen miedo y prefieren no experimentar; es ser carga, molestia, estorbo.

¿Es esto lo que Dios quiere para ellos?, ¿es acaso la triste y dolorosa estación en la que algunos deben parar antes de entregar cuentas al Creador? De ninguna manera.

Los ancianos deben ser bendición para las familias y quienes les rodean, y artífices de ese cambio que tanta falta hace en el mundo. Pero jamás deben ser simples espectadores que, desde la ventana y en soledad, vean pasar sin sentido los últimos días de su vida.

En las iglesias, los ancianos deben ser motivo de orgullo por su presencia, deben ser reconocidos como miembros de honor, y tomados en cuenta para las grandes decisiones. De ninguna manera deben ser estorbos ni mucho menos deben ser vistos con indiferencia.

Por otro lado el Estado tiene la  tarea de invertir recursos para que con sus ciudadanos puedan vivir su edad con dignidad, ofreciendo verdaderos planes de asistencia, pero también proyectos de existencia que les permitan mirar el futuro con ilusión y disfrutar del don de la vida que, en esta etapa, sigue teniendo un sentido muy particular de servicio a la humanidad.

Y si bien el gobierno tiene esta gran responsabilidad, son las familias las que deben brindar el espacio adecuado para que los ancianos no se sientan descartados ni rechazados, sino que sigan dando fruto y vean en su condición, no una condena, sino una bendición.

Las personas que los rodean, los amigos, y los ministerios de las iglesias, e incluso, quienes los asisten en su salud, tienen la obligación de conformar este ambiente que propicie en los adultos mayores el ser protagonistas de un ambiente de  ternura, de una vida espiritual, de un alto concepto del amor.

Podemos comenzar con visitar a los ancianos que están más solos, en sus hogares o en las casas de asistencia donde viven, pues tener a alguien a quien esperar puede cambiar el sentido de los días de quien ya no espera nada bueno del futuro.

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