sábado, mayo 25, 2024
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El reto de la fe ante la ciencia

El gran reto que la fe tiene que afrontar en nuestra época no proviene tanto de la filosofía, como en el pasado, sino de la ciencia. 

Hubo una noticia sensacional hace unos meses. Un telescopio, el James Webb, desarrollado a través de la colaboración de 14 países, fue lanzado al espacio el 25 de diciembre de 2021 y se posicionó a un millón y medio de kilómetros de la tierra, desde donde envió imágenes inéditas del universo el 12 de julio del 2022 que llenó de entusiasmo al mundo científico.

“El nuevo telescopio – se leía en las noticias- ha abierto una nueva ventana al cosmos, capaz de catapultarnos en el tiempo, hasta apenas poco después del Big Bang inicial del mundo. Es la vista más detallada del universo primitivo jamás obtenida. Representa la primera muestra de una nueva y revolucionaria astronomía que revelará el universo como nunca antes lo habíamos visto”. 

Uno de sus principales objetivos es observar algunos de los eventos y objetos más distantes, y por lo tanto más antiguos del universo, como la formación de las primeras galaxias.

Seríamos insensatos e ingratos si no participáramos del justo orgullo de la humanidad por este como por cualquier otro descubrimiento científico. Si la fe “nace”, como se dice, del asombro (“¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”), estos descubrimientos científicos no deben disminuir la posibilidad de creer, sino aumentarla. 

Si viviera hoy, el salmista cantaría con aún más entusiasmo: “Los cielos cuentan la gloria de Dios,Y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmos 19: 1) .

Dios ha querido darnos una señal tangible de su infinita grandeza. El cosmos no se hizo a sí mismo. La grandeza de Dios se expresa en la cualidad de ser, no en la cantidad; y la cualidad de la creación es ser creada. Miles de millones de galaxias, miles de millones de años luz de distancia, no cambian esta cualidad. 

Toda esa inmensa cantidad de galaxias, toda es inmensidad de distancias, no cambia la cualidad fundamental del universo: la cualidad de ser creación de Dios.

Esta reflexión sobre la fe y la ciencia no tiene el propósito de convencer a los científicos no creyentes (ninguno de ellos leerá estas palabras, el propósito es confirmarnos a los creyentes en la fe y no ser perturbados por el clamor de voces contrarias. 

Es la misma finalidad por la que Lucas el evangelista. le dice al “ilustre Teófilo”: “para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido” (Lucas 1, 4).

Frente al despliegue ante nuestros ojos de las dimensiones ilimitadas del universo, el mayor acto de fe para nosotros los cristianos no es creer que todo esto ha sido creado por Dios, sino creer que “en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra (…), todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16).

Creemos que “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3). El cristiano tiene una prueba de Dios mucho más convincente que la obtenida del cosmos: la persona y vida de Jesucristo.

Los creyentes no somos avestruces. No escondemos la cabeza en la arena para no ver. Compartimos con cada persona el asombro ante los múltiples misterios del universo, de la evolución natural, de la historia, de la Biblia misma. Sin embargo, somos capaces de superar el asombro con una certeza más fuerte: la credibilidad de la persona de Cristo, de su vida y de su palabra. 

La certeza plena y gozosa no es de antes, sino un después de haber creído. De lo contrario, la fe perdería su valor y mérito.

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