sábado, junio 15, 2024
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Humillarse ante Dios es mostrarle una actitud de humildad

El tema de la humillación ante Dios siempre ha causado cierta resistencia entre algunos creyentes. Postrarse ante sus pies, doblar las rodillas ante su presencia para algunos es una devoción exagerada, que afecta su honorabilidad. Por eso vale la pena reflexionar acerca de qué significa la humillación ante el Señor.

En la  Biblia, humillarse significa aceptar o reconocer mi condición de lo que soy, cómo estoy y qué he hecho con respecto a lo que Dios dice que debería ser, dónde debería estar y qué hacer. Por lo tanto, de acuerdo con la Biblia, humillarse delante de Dios significa reconocer que no somos nada ante Él y nuestra condición humana es inferior. 

Humillarse es decidir obedecer la palabra de Dios y vivir de acuerdo a su voluntad, así como reconocer que todo lo que tenemos proviene de Él.

Cuando tienes una actitud de humildad, el Señor se glorifica

Ciertamente el pueblo de Dios ha llegado a un punto donde ya no hay humillación en la casa de Dios. La mayoría se presenta con una actitud de humildad equivocada, pues ya no se honra la presencia del Señor. Es decir, se presentan con la motivación incorrecta y no es que lo hacen de manera intencional sino que no hay una total convicción de quiénes somos dentro de la casa de Dios.

Cuando nuestra identidad está bien definida y nos presentamos con un corazón agradecido hacia Dios por habernos tomado en cuenta como sus colaboradores para el establecimiento de su Reino aquí en la Tierra, la oración fluye de manera natural y rápidamente llegamos ante su presencia. Es allí donde podemos decir que humillamos nuestro ser ante Él y le reconocemos como nuestro único Rey.

En la Biblia nos encontramos con un gran número de oraciones hechas a Dios y que tocan el corazón de Dios. Allí vemos como se glorifica en esas diferentes ocasiones. Tomaré un pasaje que nos ayude a comprender cuál es la actitud que debemos tener delante de la presencia de Dios.

Tomemos como referencia, para una mayor comprensión, a  2 Crónicas 7:14 “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.”

A gran parte de la población cristiana le es difícil ir delante del Señor con la actitud correcta. Es como si no tuviera el valor ni la humildad para humillarse delante de Dios. Vemos como el Señor habla a su pueblo y comienza diciendo que es necesario que nos humillemos delante de Él. De hacerlo conseguiremos misericordia de parte del Señor.

Nos dice que si le invocamos como su Dios debemos tomar la decisión de consagrar nuestra vida para su servicio, manteniendo nuestra santidad cuidando lo que hacemos, decimos y por qué lo hacemos. 

Orar una de nuestras armas más poderosas

Orar es una de las armas más poderosas que el señor nos ha entregado. Todo, absolutamente todo, lo podemos conseguir a través de la oración,  siempre y cuando fluya del corazón del padre a través del Espíritu Santo. Todo aquello que pidamos al Padre, con pleno entendimiento y sustento en la Palabra, provocara un cambio tremendo y sobrenatural en el entorno.

Como hijos de Dios debemos siempre tener en nuestro corazón el buscar su rostro, anhelar conocer su corazón y lo que le es agradable, para así caminar conforme a su voluntad, en obediencia. Preguntarle que desea, que espera de nosotros para que él pueda establecer su Reino.

Cuando nos humillamos delante de Él y nos apartamos del pecado hay un arrepentimiento genuino en nuestro corazón. Nos alejamos del pecado de todo lo que nos pudiera apartar de su presencia alcanzando su favor y misericordia. Un ejemplo de esto puede ser la mujer adúltera a la que Jesús le dice” Vete y no peques más”.

En la última frase de 2 Crónicas 7:14 nos encontramos con una promesa maravillosa, pues el Señor nos dice, si te consagras a mí, si renuncias a la contaminación de este mundo y te arrepientes, yo te perdonare y más aún sanaré la tierra. Esta tierra que nos corresponde como herencia y por la que vale la pena entregar nuestra vida al servicio del Señor Jesucristo.

Una vez que nos arrepentimos y humillamos delante de la presencia de Dios, tenemos la seguridad de ser llenos de su Gloria. Filipenses 3:20-21″ Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Podemos concluir que debemos esforzarnos en reconocer que Dios está por encima de todo. Debemos confesar nuestras fallas, despojándonos y desarraigando el orgullo, la arrogancia, la altivez y anteponer los planes de Dios. Entregarnos a su servicio, confiando en su palabra donde nos dice que dejemos nuestras cargas en él y nos hará descansar. Por otro lado hemos entendido que si nos ocupamos de las cosas de Dios, de sus planes y propósitos;  él se ocupara de las nuestras. Caminemos confiados y seguros de su mano él es quien nos guarda y nos cubre de su favor.

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