InicioSagradas EscriturasVolver a Jesús. Antes de hablar de nosotros, escuchemos al Maestro

Volver a Jesús. Antes de hablar de nosotros, escuchemos al Maestro

Durante siglos los cristianos hemos hablado mucho acerca de Jesús. Hemos escrito tratados sobre Él, levantado templos en su nombre, fundado iglesias, organizado congresos, creado seminarios y elaborado innumerables doctrinas. Todo ello ha enriquecido de muchas maneras la vida de la Iglesia.

Pero entre tanta reflexión surge una pregunta tan sencilla que hasta puede incomodar: ¿Qué enseñaba Jesús cuando la multitud se reunía para escucharlo?

No qué enseñó Pablo, no qué enseñó Pedro, no qué enseñaron los grandes reformadores ni los predicadores contemporáneos. Simplemente qué enseñaba Jesús.

La pregunta parece obvia, pero pocas veces la respondemos dejando que hablen los Evangelios antes que nuestras tradiciones. Porque todos tenemos una tendencia casi inevitable: leemos a Jesús desde aquello que ya creemos antes de leerlo.

Unos encuentran principalmente mensajes sobre prosperidad. Otros descubren casi exclusivamente enseñanzas morales. Algunos leen únicamente promesas para el futuro. Otros convierten cada página en un tratado político.

Sin embargo, si intentamos escuchar a Jesús con los oídos de quienes lo escucharon por primera vez, descubrimos algo sorprendente. Hay un tema que aparece una y otra vez. No habla de riqueza, ni de éxito, ni de crecimiento de las congregaciones, ni de guerra espiritual. De lo que siempre hablaba Jesús era del Reino de Dios.

Desde el comienzo de su ministerio, los Evangelios presentan a Jesús anunciando una noticia que resumía toda su predicación: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio.» (Marcos 1:15).

Ese anuncio no aparece como una enseñanza más entre muchas otras. Es el corazón desde el cual todo lo demás adquiere sentido. Las parábolas hablan del Reino. Los milagros muestran cómo actúa el Reino. Las bienaventuranzas describen los valores del Reino. El perdón revela el Reino. La compasión manifiesta el Reino.

Incluso la cruz solo puede comprenderse plenamente desde el Reino que Jesús vino a inaugurar. Por eso llama la atención que, siendo éste el tema dominante de los Evangelios, con frecuencia ocupe un lugar secundario en nuestras conversaciones cristianas.

Hablamos mucho de cómo fortalecer nuestra fe, cómo mejorar nuestra familia, cómo administrar mejor nuestras finanzas, cómo vencer las dificultades o cómo descubrir nuestro propósito. Todos son asuntos importantes y legítimos. Pero vale la pena preguntarnos con humildad:

¿Son éstos los temas que ocupaban el centro de la predicación de Jesús?

No se trata de afirmar que el bienestar, la prosperidad o las finanzas carezcan de valor. La Biblia habla de ellos.

La cuestión es que cuando aquello que es importante desplaza lo que es central, poco a poco dejamos de mirar el paisaje completo para concentrarnos únicamente en algunos árboles.

Quizá por eso muchas personas conocen numerosos principios cristianos, pero nunca han comprendido realmente qué quiso decir Jesús cuando anunció que el Reino de Dios estaba cerca.

Por eso necesitamos abrir nuevamente los Evangelios y escuchar otra vez las palabras de Jesús, permitir que sea Él quien establezca el orden de nuestras prioridades.

Si descubrimos que nuestras preocupaciones coinciden con las suyas, habremos encontrado una hermosa confirmación.

Pero si descubrimos que el centro de nuestra fe ha comenzado a desplazarse hacia otros intereses, quizá haya llegado el momento de volver a Jesús. No para abandonar todo lo aprendido, sino para volver a colocar a Jesús en el lugar que siempre debió ocupar: no sólo como objeto de nuestra fe, sino también como la voz que orienta nuestra manera de pensar, de creer y de vivir.

Volver a Jesús es tan importante que si no lo hacemos corremos el riesgo de convertir El Evangelio en un instrumento para propósitos propios.

Quizá la renovación más profunda que necesita la Iglesia no consista en descubrir algo nuevo, sino en escuchar otra vez, con corazón humilde, la voz del Maestro.

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